Las aves que recorren largas distancias sufren una forma de jet lag parecida a la de los humanos, y ese desajuste temporal les hace desviarse de su rumbo. Así lo concluye un estudio publicado en la revista Science y liderado por el departamento de Biología de la Universidad de Oxford, según el cual el desfase entre los relojes biológicos internos de los animales y la hora solar local provoca errores de navegación predecibles.
La investigación se centró en la pardela pichoneta (Puffinus puffinus), un ave marina que se reproduce en islas frente a las costas occidentales del Reino Unido e Irlanda. Durante la época de cría, estas aves recorren regularmente cientos de kilómetros mar adentro en busca de alimento, llegando a veces a zonas situadas a unos 1.000 kilómetros al oeste. Al regresar a sus nidos, se desplazan rápidamente hacia el este, hacia lugares donde el sol sale antes, lo que las somete a un cambio horario que altera la lectura de su brújula solar.
Para comprobarlo, los investigadores analizaron veinte años de datos de seguimiento GPS de 1.045 pardelas, que abarcaban 3.688 viajes de búsqueda de alimento. El equipo observó que las direcciones de vuelo presentaban desviaciones sistemáticas que coincidían con los efectos previstos de estos cambios horarios. En los trayectos hacia el este, las aves tendían a desviarse en el sentido de las agujas del reloj respecto a su dirección esperada, tal como se predeciría si sus relojes internos estuvieran retrasados con respecto a la hora local.
Las mediciones de desviación se obtuvieron solo en los vuelos de regreso, ya que la colonia ofrecía una ruta recta e intencionada en la que el rumbo podía calcularse de forma objetiva. Durante los viajes de ida y búsqueda de alimento, en cambio, las aves describían trayectorias en zigzag que no permitían evaluar cuantitativamente sus errores de orientación.
Los errores persistían incluso cuando las aves volaban a lo largo de costas visibles, donde los puntos de referencia podían servirles de guía. Según los autores, esto sugiere que las pardelas siguieron dependiendo de su brújula solar aunque dispusieran de otras señales de navegación. Los desvíos fueron relativamente pequeños, de aproximadamente 15 grados en las aves estudiadas.
Las consecuencias prácticas parecen limitadas para las pardelas adultas. Como estas aves parecen capaces de reevaluar su posición y corregir su ruta de regreso de forma continua, la distancia adicional recorrida sería modesta, de unos 5 kilómetros como máximo en un recorrido de 1.000. Sin embargo, los hallazgos podrían tener implicaciones para las aves primerizas, que no corrigen su posición y en las que pequeños errores de orientación podrían acumularse hasta desplazar su destino final cientos de kilómetros.
Patrick Lewin, autor principal del estudio, subraya el alcance del fenómeno: «Nuestros resultados demuestran que los animales experimentan en la naturaleza el mismo desajuste del reloj biológico interno que nosotros durante el desfase horario». Y añade: «Es asombroso pensar que miles de millones de animales migratorios miran al sol para orientarse, confiando en relojes que funcionan silenciosamente en su interior, y que los errores en esos relojes pueden hacer que se desvíen mínimamente de su ruta».
El siguiente paso, según Lewin, es entender cómo afecta este desajuste a los animales. Los investigadores se preguntan si se desincronizan comportamientos críticos, si sufren efectos fisiológicos similares a los humanos y si esa alteración es tan perjudicial para su salud como lo es el desfase horario para la nuestra. El científico considera que estas aves, que viajan largas distancias con regularidad, podrían ayudar a aprender a sobrellevar y tratar el jet lag en personas.
Airam Rodríguez, investigador del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC), considera que los resultados son sorprendentes porque indican que la brújula solar es el principal recurso de orientación de las pardelas en el mar. «Le dan más importancia a la posición del sol que a lo que ven», explica, y añade que la desviación provocada por el jet lag no supone un problema real para la supervivencia de la especie en sus viajes cotidianos de alimentación. Para él, resulta especialmente llamativo que las aves no hayan desarrollado un mecanismo de corrección tras una larga historia evolutiva de trayectos recurrentes durante la cría.