El campo de concentración de Tarrafal, situado en Chão Bom, en la isla de Santiago, en Cabo Verde, fue uno de los instrumentos más duros de la dictadura portuguesa de António de Oliveira Salazar. Abierto en 1936, el recinto se convirtió en símbolo de la represión política del Estado Novo y hoy funciona como museo dedicado a la memoria de la resistencia.
El primer grupo de internos llegó en 1936 y estaba formado por unos 150 presos políticos procedentes de Lisboa. Entre ellos había comunistas, anarquistas, sindicalistas y marineros amotinados. El lugar fue elegido precisamente por su aislamiento, su calor extremo, la escasez de agua y la presencia de malaria, condiciones que los propios prisioneros bautizaron como el Campo de la Muerte Lenta. Esa denominación resume la experiencia de quienes llegaron allí, separados de su entorno y sometidos a un régimen de privaciones constantes.
Según los datos recogidos en el recinto, más de treinta presos portugueses murieron allí. Entre las víctimas figuró Bento Gonçalves, dirigente del Partido Comunista Portugués, cuya muerte en el campo quedó como una de las más señaladas de su historia. Uno de los espacios más temidos era una celda de castigo sin ventanas, de hormigón, conocida como la sartén, donde algunos internos permanecían días o semanas alimentándose solo de pan y agua. El calor de la celda, sin ventilación, hacía que el encierro fuera especialmente insoportable.
El campo cerró en 1954, tras la presión internacional sobre el régimen portugués, que había sido objeto de críticas por el trato a sus presos. Sin embargo, volvió a abrir en 1961 con el nombre de Campo de Trabajo de Chão Bom. En esta segunda etapa fueron recluidos militantes anticolonialistas procedentes de Angola, Guinea-Bisáu y del propio Cabo Verde. Su llegada amplió el papel del recinto como herramienta de contención de los movimientos independentistas de las colonias portuguesas, en un momento en que esas luchas se intensificaban en África.
La actividad del recinto terminó el 1 de mayo de 1974, pocos días después de la Revolución de los Claveles, que derribó la dictadura en Portugal. Los últimos presos salieron en libertad y fueron recibidos por una multitud que aguardaba junto a la puerta, una escena que marcó el final de un capítulo oscuro para quienes habían sufrido allí el encierro. A partir de entonces, el lugar dejó de funcionar como prisión y se transformó en el Museo de la Resistencia.
El museo conserva barracones, bloques de celdas, la enfermería y la cocina, espacios que permiten recorrer la vida cotidiana de los internos. En sus paneles aparecen los nombres de las personas que estuvieron encarceladas y de quienes murieron en el campo, de modo que la memoria de cada una de ellas queda registrada. Así, el antiguo recinto de castigo se ha convertido en un espacio de memoria histórica sobre la represión política y la lucha por la libertad, tanto en Portugal como en las colonias africanas que pasaron por el mismo sistema.