En el centro de Buenos Aires, un cartel corona la barra de El Imparcial con una advertencia rotunda: «En este local están terminantemente prohibidas las discusiones de política, religión y las polémicas de mesa a mesa». La frase no es una simple gracieta de bar, sino la herencia de una época en la que las disputas entre los inmigrantes españoles llegaban a las manos en plena calle.
El restaurante, fundado en 1860 por Severino García, un inmigrante español que llegó a Argentina en busca de oportunidades, ostenta hoy el privilegio de ser el más antiguo de Buenos Aires. Su actual dueño, Jorge Dutra, explica que el nombre del local responde precisamente a ese propósito de neutralidad: «El Imparcial se llamó así porque eran normales las peleas y conflictos entre españoles. Se decidió que aquí todos los que venían podían venir a comer, pero no se podía ni hablar de política ni de religión para que no se pelearan, por ejemplo, franquistas y republicanos».
El contexto era tenso. En la esquina con la avenida de Mayo estaba el Bar Iberia, regentado por españoles republicanos y donde todavía ondea una bandera tricolor. Justo enfrente se encontraba El Español, lugar de reunión de los simpatizantes del franquismo. Las discusiones que comenzaban de una acera a otra terminaban más de una vez a golpes. Para evitar que ocurriera lo mismo en su establecimiento, los dueños de El Imparcial dejaron claro que allí se llegaba con las disputas resueltas y únicamente con ganas de comer.
El local comenzó como una pequeña fonda del Hotel Victoria que no llegaba a los 80 comensales. En 1969, el derrumbe del hotel destruyó también el restaurante, lo que obligó a reconstruirlo con varias plantas y varios centenares de cubiertos, hasta convertirlo en el amplio salón de comidas que es hoy. «Seguimos haciendo comida española, somos especialistas en paella, cazuela de mariscos, pescado o pulpo, entre otras cosas. Pero en total son casi 150 platos los que tenemos. Es una de las cartas más grandes que tiene la ciudad de Buenos Aires como restaurante», asegura Dutra.
Más de 166 años de historia convierten a El Imparcial en un caso casi heroico en un país marcado por crisis económicas e inflacionarias recurrentes. Dutra, que lleva 33 años al frente del negocio, recuerda haber atravesado el Corralito de 2001 y la pandemia de Covid-19, que impuso en Argentina una de las cuarentenas más largas del mundo, cercana a los 11 meses en algunos puntos del país. «Nunca nos dejaron cerrar la calle, y lo que hicimos fue irnos a la acera de la avenida de Mayo. Y ya cuando se liberó todo la gente enseguida respondió porque quería salir», relata.
El secreto de la supervivencia, según su dueño, ha sido el modelo de gestión familiar: «Esto nunca ha sido una cooperativa, pero todos, desde el cocinero hasta el mozo tenía un porcentaje. Entonces, todo el mundo cuidaba el negocio». A eso se suma una clientela fiel que acude desde hace décadas, muchos de ellos dos o tres veces por semana. Entre la tradición y la historia, El Imparcial narra el país del que tuvo que irse Severino García y el que trata de construir Jorge Dutra, en un puente que sigue abierto entre España y Argentina.