Cerca de 2.800 menores saharauis pasan este verano con familias españolas gracias al programa «Vacaciones en Paz», una iniciativa que lleva más de cuatro décadas proporcionando atención sanitaria, alimentación y un vínculo humano que ha sobrevivido a los vaivenes políticos. Los niños, procedentes de los campamentos de refugiados de Tinduf, en el desierto argelino, llegan acompañados por 170 monitores y permanecen dos meses repartidos por distintas comunidades autónomas, principalmente Andalucía, Catalunya, Castilla-La Mancha, Euskadi y Galicia.
El objetivo del programa va más allá del entretenimiento estival. Además de huir de las temperaturas que durante los meses de verano pueden superar los 50 grados, la iniciativa garantiza revisiones médicas y una alimentación adecuada para menores que, en muchos casos, llegan con déficit alimenticio y anemia. «Se van de aquí muy recuperados, con varios kilos más, se lo pasan muy bien, se llevan ropa y juguetes. Eso les ayuda a afrontar el resto de año», explica Buley Dadah, un joven fisioterapeuta de 29 años que participó en el programa durante su infancia y que guarda un buen recuerdo de sus veranos en Siles (Jaén).
Omar Lamin, hoy diputado socialista del Parlament de Baleares, fue uno de esos «pequeños embajadores saharauis» que llegó a Mallorca en 1997. «Yo no quería venir, no porque tuviera un mal recuerdo, simplemente es que yo estaba perfectamente en el desierto, descalzo, jugando con mis amigos», recuerda. «No conocía nada más y lo había normalizado, por desgracia. Para mí lo raro no era ir descalzo, lo raro era tener unos zapatos. Lo raro era tener tantas cosas y poder elegir, abrir un grifo y que saliera agua de manera inmediata».
El propósito del programa, sin embargo, trasciende la experiencia individual de cada menor. «A través de estos niños sensibilizamos a la opinión pública de la gran injusticia que están viviendo, tanto ellos, como refugiados en los campamentos que dependen de la ayuda internacional, como los que viven bajo el dominio de Marruecos en el Sáhara Occidental y en constante violación de sus derechos humanos», señala Catalina Roselló, presidenta de la Associació d’Amics del Poble Saharaui de les Illes Balears.
Pese a la longevidad de la iniciativa, que se desarrolla de forma ininterrumpida desde principios de los años noventa aunque las primeras llegadas se remontan a 1979, las asociaciones autonómicas alertan de que cada año resulta más complicado encontrar familias dispuestas a participar. «Nosotros llevamos 39 años haciendo el programa. Antes de la pandemia venían 95 niños y ahora llegan 36. Cada vez es más difícil conseguir familias y además se acortan los plazos para presentar la documentación», apunta Roselló. La presidenta de la Coordinadora Estatal de Asociaciones Solidarias con el Sáhara (CEAS), Maite Isla, añade que la situación económica también influye: «Las familias de acogida no es que sean familias a las que les sobre dinero. Les abrimos las puertas de nuestras casas y nuestros corazones, pero a veces las situaciones te lo impiden».
El programa no puede entenderse sin las familias de acogida, que abren cada verano las puertas de su hogar a los menores y permiten mantener el vínculo entre ambas sociedades. Paula Alcaraz, vecina de Linares (Jaén), es una de esas segundas madres desde hace cinco años. «Siempre habíamos tenido ganas de acoger. Nos trajimos el primer año a nuestro niño y la verdad es que no pensábamos que iba a ser una experiencia tan maravillosa. Desde el primer momento conectamos con él y con su familia», relata. La adaptación, reconoce, no siempre es sencilla: «El primer verano es mortal, porque no os entendéis y es todo por gestos». A las dificultades del idioma se suma el desconocimiento mutuo de las rutinas, aunque el balance final, asegura, compensa con creces el esfuerzo.
Desde CEAS, Maite Isla insiste en que el programa sigue significando «todo»: «Aparte de ser un programa solidario, es un programa político, pues los mejores embajadores que tenemos para dar a conocer la causa del pueblo saharaui continúan siendo estas niñas y niños». Solo la pandemia de la COVID-19 obligó a suspender la iniciativa durante los veranos de 2020 y 2021. Desde entonces, las asociaciones trabajan para recuperar el número de acogidas, aunque la tendencia a la baja preocupa a quienes llevan décadas sosteniendo este puente humano entre España y el Sáhara Occidental.