En la castiza calle de Santa Ana, a pocos pasos del Rastro madrileño, un local pequeño de dos espacios diferenciados se ha convertido en un imán para los amantes del diseño y el coleccionismo. Se llama Señoritos y lleva apenas tres meses abierto, pero ya ha reunido buena parte del universo referencial que Mariano Santana y Steven Franklin llevan más de una década modelando entre interiorismo, moda, arte popular y coleccionismo.
El proyecto nació tras una trayectoria que ha recorrido medio mundo. Franklin, criado en Indiana, se trasladó a San Francisco, donde fundó The Organizer Guys, un estudio de interiorismo y organización de espacios. Santana nació en Ciudad de México, vivió en São Paulo y trabajó durante dos décadas como director creativo para firmas como Levi's, Dolce & Gabbana, Calvin Klein, Hackett London y Pepe Jeans. Se conocieron en San Francisco en 2013 y desde entonces han firmado multitud de proyectos en común. Hace cinco años se instalaron en Madrid, donde encontraron en la Fundación Casa de México a uno de sus principales interlocutores.
La primera colección de Señoritos ha sido diseñada a partir de la iconografía solar hispanoamericana. Incluye dos sillas y un armario de pared fabricados artesanalmente y solo por encargo. «Quisimos desarrollarlos como un homenaje a los altares de toda la vida, de las casas de los pueblos en España y México, pero haciendo un altar contemporáneo», explica Santana. El armario, que representa al dios Sol, puede usarse para esconder fotografías, libros o recuerdos. Las sillas trasladan esa misma geometría solar a la madera y el latón. La colección se completa con treinta platos de cerámica y unos broches realizados en México mediante una técnica de alpaca bañada en oro, que se agotaron poco después de salir.
El local es un compendio de objetos con historia. Hay cerámicas de Valladolid y Michoacán, exvotos españoles, mexicanos, franceses y griegos, textiles de Birmania, escapularios avejentados, muebles recuperados en Bélgica y París, cuadernos de papel marmoleado, tallas religiosas y botijos. En las paredes cuelgan dos delicados carboncillos rescatados del estudio del arquitecto y paisajista Pedro Moya. Una enorme estantería procede de una chocolatería belga de 1840. También se exhiben piezas taurinas realizadas en España en los años ochenta, vírgenes de madera de pino que nunca llegaron a policromarse y unas 350 vasijas adquiridas en Arrabal de Portillo, al sur de Valladolid, conservadas desde principios de los dosmiles. Entre las piezas destacadas hay un pequeño recipiente de barro bruñido de David Santana, artesano de Michoacán, inspirado en una pieza purépecha que conoció de niño.
Santana y Franklin advierten con media sonrisa que si alguien vuelve dentro de seis meses, probablemente la tienda será otra. Su filosofía de trabajo no ha parado en estos primeros 90 días. «Queremos que cualquier espacio que diseñemos tenga carácter, textura, profundidad. Que puedas sentir que tiene alma», dicen. Para ellos existe una diferencia sustancial entre la artesanía como técnica tradicional hecha a mano y el arte popular, que definen como la exaltación de los mitos, las leyendas y las tradiciones de las comunidades y las familias en piezas contemporáneas.
Esa búsqueda ha tejido una red cada vez más tupida entre artistas, artesanos y diseñadores. Han colaborado con Aitor Saraiba en talleres y proyectos, y con la Fundación Casa de México han diseñado y organizado desde una exposición dedicada a la Virgen de Guadalupe, mano a mano con el Museo del Prado, hasta la museografía, el interiorismo y el visual merchandising de Artesanías Nómadas, un proyecto que se celebra dos veces al año y reúne a una treintena de artesanos de entre ocho y doce estados mexicanos. «Tengo la misión personal de unir más España y México, o España e Hispanoamérica, a través del diseño. Amo las tradiciones españolas y valoro y enaltezco las mexicanas», declara Santana, ya casi un embajador de las culturas de ambos lados del Atlántico.