La nutrición deportiva se ha convertido en las últimas dos décadas en una disciplina casi quirúrgica. Los grandes atletas cuentan con nutricionistas que calculan cada gramo de proteína, hidrato o grasa que ingieren. Pero no siempre fue así, y pocos lo ejemplifican mejor que Pedro Delgado, Perico, que ha desvelado con total naturalidad qué desayunaba antes de subirse a la bicicleta en sus años de gloria.
El histórico ciclista segoviano, ganador del Tour de Francia en 1988 y de la Vuelta a España en dos ocasiones, ha relatado en una entrevista recogida por la revista Ciclismo al Día que su ingesta previa a una etapa incluía una tortilla de patata de dos huevos, un bistec grande, un plato de macarrones o arroz, pan tostado, magdalenas y café con leche. Una combinación que hoy resultaría impensable para cualquier especialista y que el propio Delgado resume con una frase contundente: «Esto lo haces ahora y te echan».
El objetivo de aquellos desayunos pantagruélicos no era otro que acumular reservas suficientes para aguantar etapas de varias horas sobre el asfalto. En los años 80 y 90, el ciclismo profesional gozaba de una libertad que nada tiene que ver con la preparación meticulosa que caracteriza a la disciplina en la actualidad. La alimentación se resolvía con criterios más intuitivos que científicos, y la figura del nutricionista apenas existía en los equipos.
Una de las anécdotas que mejor refleja ese cambio generacional tiene como protagonista a Miguel Induráin. Delgado recuerda que, tras finalizar una etapa, él disfrutaba de un bocadillo, una cerveza, pastas Reglero o mantecados, mientras que el navarro, ya inmerso en una nueva filosofía de preparación, tenía que conformarse con un zumo de naranja. La contraposición entre ambas formas de entender el deporte muestra con claridad la transición hacia un ciclismo más profesionalizado.
Delgado, que en declaraciones a La Razón ha reflexionado sobre estos cambios, reconoce que los avances en preparación física y nutrición son muy beneficiosos para los ciclistas actuales, que están mucho mejor preparados que en su época. Sin embargo, también admite con nostalgia que su ciclismo era «más divertido». El segoviano nunca pasó hambre, como él mismo asegura, y defiende que aquellos desayunos respondían a una necesidad real: soportar unas etapas durísimas con energía hasta el final.
Hoy, la alimentación de los corredores se planifica con semanas de antelación y se adapta a las exigencias específicas de cada recorrido y a las características de cada deportista. Lo que antes se resolvía con pasta, pan, carne y algún dulce horas antes de la salida, ahora responde a un estudio pormenorizado de las necesidades energéticas. A pesar de la distancia entre ambas épocas, la esencia del ciclismo se mantiene: encontrar la forma más óptima de alimentar unas piernas capaces de resistir las etapas más exigentes del calendario.