Un estudio liderado por el doctor Michael B. Lewis, de la Universidad de Cardiff, ha encontrado una posible relación entre las inyecciones de toxina botulínica en el entrecejo y una disminución en la intensidad de los orgasmos. La investigación, titulada «Las interacciones entre los tratamientos faciales a base de toxina botulínica y las emociones corporizadas», plantea que la incapacidad de fruncir el ceño durante la excitación sexual podría restar intensidad al placer.
La hipótesis parte de observaciones clásicas. En los años 60, los investigadores estadounidenses Masters y Johnson describieron cuatro fases de la respuesta sexual: excitación, meseta, orgasmo y resolución. Durante la fase de meseta, documentaron que el fruncimiento del ceño aparecía con frecuencia como una expresión previa al orgasmo. Lewis sostiene que ese gesto no es una simple consecuencia del placer, sino que forma parte de la propia experiencia de sentirlo. Al paralizar los músculos implicados, el cerebro dejaría de recibir esa señal corporal y el orgasmo perdería intensidad.
Para comprobarlo, el equipo reclutó a 36 participantes, todas mujeres de edades similares, divididas en tres grupos. Trece de ellas recibieron bótox únicamente en el entrecejo; once se trataron además las patas de gallo; y doce optaron por otros retoques estéticos sin toxina botulínica, actuando como grupo de control. Tras completar dos sesiones de tratamiento, las participantes respondieron un cuestionario sobre satisfacción sexual.
Los resultados mostraron diferencias notables. El grupo de control no experimentó cambios en la satisfacción de sus orgasmos. En cambio, las mujeres que se inyectaron bótox solo en el entrecejo confesaron una reducción muy notable de la intensidad. Aquellas que combinaron el tratamiento del entrecejo con las patas de gallo también registraron una caída significativa, aunque menos pronunciada que en el primer grupo.
Lewis concluyó que impedir el fruncimiento del ceño durante la excitación sexual, un gesto que forma parte de la experimentación del placer, podría traducirse en orgasmos menos intensos. Sin embargo, el propio autor señala limitaciones importantes. No se calculó previamente el tamaño muestral necesario para obtener resultados más fiables y los datos se basaron en la percepción subjetiva de las participantes, sin mediciones objetivas o físicas. Además, ningún hombre quiso participar en el estudio, aunque estaba abierto a ellos, por lo que no se puede saber si el efecto sería similar en el orgasmo masculino, donde el ceño fruncido también interviene.
El trabajo se suma a una línea de investigación que explora los efectos del bótox más allá de la estética. Estudios previos han sugerido que paralizar los músculos del entrecejo podría reducir síntomas de ansiedad y depresión, porque al no poder fruncir el ceño se interrumpe la retroalimentación corporal asociada a esas emociones. Este nuevo hallazgo, sin embargo, apunta a un efecto menos deseable sobre el placer sexual.
A pesar de las cautelas, los resultados abren una vía para seguir investigando la relación entre la toxina botulínica y la respuesta sexual. Los autores insisten en que un único estudio con una muestra tan pequeña no permite afirmar de forma categórica que exista una relación causal entre el bótox en el entrecejo y orgasmos menos intensos, pero sí justifica nuevas investigaciones con metodologías más robustas.