Francia afronta una calma tensa. El Gobierno ha decretado toques de queda parciales en París y en varias ciudades del país después de semanas de disturbios que han derivado en saqueos de comercios, duros enfrentamientos con la policía y la quema de edificios gubernamentales, como el histórico Ayuntamiento de Limoges. Los altercados no se han limitado al territorio francés: también se han reproducido en Milán, donde el Ejecutivo italiano ya ha anunciado medidas de emergencia, en Bélgica y en Albania, mientras que en Portugal y España se suceden movilizaciones pacíficas.
Las reivindicaciones que alimentan estas protestas reflejan problemas compartidos por una generación de jóvenes europeos: las demandas educativas, la crisis de la vivienda, el descontento por la corrupción, la falta de oportunidades y el encarecimiento de la vida. A ello se suma una creciente frustración generacional y la pérdida de confianza en las instituciones. Para Armando Jiménez San Vicente, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Francisco de Vitoria, se trata de «una tormenta perfecta en la que confluyen el descontento generalizado de los jóvenes, los problemas de integración social de determinados colectivos y la debilidad política de los gobiernos, en este caso el francés, que aprovechan grupos organizados para introducir reivindicaciones propias, provocar altercados o simplemente saquear, contaminando esas propuestas legítimas de otros grupos sociales».
Javier Martín Merchán, doctor en Ciencias Políticas y profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Pontificia Comillas, describe un proceso con varios ingredientes. Primero, la idiosincrasia y los problemas propios de cada país, que actúan como motor de la movilización. Después, una juventud desencantada que desconfía de las instituciones. Y finalmente, una chispa: en Francia es la cuestión educativa; en España, la crisis de vivienda. A partir de ahí, otros elementos funcionan «como leña» y permiten que esa chispa se extienda como un incendio.
Para que una protesta legítima derive en revuelta violenta, según Jiménez San Vicente, confluyen factores como la infiltración de grupos propiamente violentos, una respuesta policial desproporcionada que exacerbe los ánimos, y discursos incendiarios en redes sociales promocionados por algoritmos que conectan la insatisfacción con la necesidad de tomar acción, incluso por vías violentas. «Ese es el cóctel que explica que se alcance este caos», sostiene.
Una clave para entender la incorporación de grupos violentos es el fenómeno que Martín Merchán denomina «omnicausa»: una movilización surgida en torno a una reivindicación concreta acaba incorporando otras causas ideológicamente próximas, aunque no estén necesariamente relacionadas con su objetivo original. «Quien sale a protestar en Madrid por la vivienda acaba protestando por la educación pública, por la libertad de Palestina, etcétera», resume. Esa acumulación amplía el alcance de las movilizaciones, pero también abre la puerta a colectivos interesados en instrumentalizarlas. «La línea entre incorporar a una protesta nuevas reivindicaciones y acabar introduciendo colectivos violentos que instrumentalicen algunas de esas demandas es muy fina», advierte.
El experto subraya que en las escenas de violencia no suele aparecer el núcleo de la manifestación, sino grupúsculos que instrumentalizan las protestas con causas a veces ajenas a la original. En el caso francés, señala, se han visto vídeos de escenas violentas con manifestantes portando la bandera de Palestina. Distinguir entre quienes promueven legítimamente las protestas y quienes aprovechan su desarrollo para cometer actos violentos es fundamental para entender los disturbios. «Una vez que se producen los primeros enfrentamientos, la propia dinámica de confrontación puede alimentar nuevos episodios. Violencia llama a violencia», ilustra Martín Merchán.