El filósofo de la tecnología Mark Coeckelbergh, profesor en la Universidad de Viena y miembro del comité de 40 expertos internacionales convocado por Naciones Unidas para asesorar al mundo sobre la inteligencia artificial, advierte de que «la inmensa mayoría saldrá perdiendo si no actuamos ya». En una entrevista realizada durante el Festival de las Ideas de Madrid, Coeckelbergh subraya que el problema no es solo técnico, sino también narrativo: el relato apocalíptico sobre una IA que tomará el control puede ser más peligroso que las limitaciones actuales del software, porque desvía la atención de los riesgos concretos y ya presentes.
El panel de la ONU, liderado por el canadiense Yoshua Bengio, premio Turing y considerado uno de los «padres» de la IA, y la filipina Maria Ressa, premio Nobel de la Paz, publicó en julio su primer informe preliminar. En él se reconoce el peligro de «perder el control» sobre esta tecnología, pero también se alerta sobre la opacidad con la que se está desarrollando y su capacidad para aumentar las desigualdades. Coeckelbergh insiste en que «debemos recuperar el control, pero no frente a la IA, sino frente a los tech bros», es decir, frente a los actores que concentran poder y decisiones sobre su diseño e implementación.
Para el filósofo, la tecnología no es una simple herramienta neutral. «La tecnología también hace muchas cosas con nosotros», explica. Usar el móvil, por ejemplo, nos obliga a adoptar determinadas posturas y movimientos: la tecnología nos «coreografía». Esta dimensión cinética de nuestra existencia, sostiene, se pasa por alto cuando se piensa solo en la mente o en el cuerpo de forma estática. Además, describe nuestra vida cotidiana como una suerte de existencia cíborg: hay una base orgánica y biológica, pero estamos plenamente entrelazados con lo tecnológico. La frontera tajante entre lo natural y lo artificial, añade, es engañosa.
Un ejemplo cotidiano que plantea es caminar por Madrid sin Google Maps mientras se conversa con alguien. Esa experiencia, dice, es completamente distinta a llevar el móvil en la mano y dejar que la aplicación guíe. «Nos movemos de manera diferente y pensamos de manera diferente», señala. En el primer caso, el fin es la conversación o el vínculo con la otra persona y con el entorno; en el segundo, nos convertimos en el cursor que se desplaza por el mapa. Por eso considera fundamental preguntarse qué tecnologías queremos utilizar y cómo podrían diseñarse de otro modo, buscando una mayor conexión con lo que nos rodea.
Coeckelbergh también critica una corriente dentro del propio sector tecnológico que niega el cuerpo y busca escapar de él. Esa pulsión de huida de la Tierra y de nuestra condición terrenal, advierte, intenta eludir una vulnerabilidad que paradójicamente hace posible nuestra humanidad y los valores que apreciamos. Frente a esta deriva, pide resistir y garantizar un desarrollo técnico que amplíe el cuerpo y la mente sin alienarnos de la naturaleza, reconociendo que existen límites que no se pueden empujar indefinidamente.
El filósofo belga, nacido en Lovaina en 1975, es una de las voces más reputadas en el ámbito de la filosofía de la tecnología. Su presencia en el comité de la ONU responde a una constatación: quizá por primera vez en la historia, las narrativas sobre lo que podría hacer una máquina son tan importantes como lo que realmente hace. Por eso insiste en que el pensamiento catastrofista y apocalíptico, la idea de que todo saltará por los aires y la IA tomará el control, es en sí mismo un problema, y quizá mayor que las limitaciones técnicas actuales. La advertencia de Coeckelbergh es clara: sin acción inmediata, la mayoría de la población quedará al margen de los beneficios y sufrirá las consecuencias de un desarrollo tecnológico que hoy no responde a fines humanos.