El abandono de la agricultura y la ganadería extensiva ha dejado en España más de 2,3 millones de hectáreas sin ningún uso agrario, según datos de WWF España. Esta superficie, al no ser gestionada, acumula biomasa vegetal que actúa como combustible para los incendios forestales, agravando su frecuencia e intensidad. El problema, alertan los expertos, no es solo ecológico sino también social y económico, y requiere medidas urgentes para recuperar la actividad en el medio rural.
La cabaña ganadera de ovino y caprino ha caído entre un 30% y un 40% en los últimos treinta años. Según cifras oficiales recogidas por Efeagro, el censo de ganado ovino se ha reducido en casi dos millones de cabezas en la última década, y el de caprino ha perdido 300.000 cabezas. El ritmo de descenso es de 520 ovejas y 82 cabras menos cada día. «Sin este tejido productivo, no hay actores que gestionen el territorio, la biomasa se acumula y los montes se vuelven más inflamables», señala WWF. La despoblación rural, la falta de rentabilidad económica y la desaparición de los usos tradicionales se configuran como las causas estructurales del problema.
El pastoreo extensivo y la trashumancia son, según los especialistas, una de las herramientas más eficaces y menos costosas para la prevención de incendios. Al consumir la vegetación seca, reducen de forma natural el combustible que alimenta las llamas. Sin embargo, ambas actividades están en retroceso por su falta de rentabilidad. Felipe Molina, presidente de la Asociación Nacional de Ganaderos y Ganaderas en Extensivo (Anggex), lamenta que «falta ganado en los montes» y propone un modelo de compensación: «Apagar una hectárea incendiada vale 10.000 euros, según los expertos. Una inversión aceptable sería pagar 200 euros por hectárea al ganadero».
La Organización Interprofesional Agroalimentaria del Ovino y el Caprino (Interovic) defiende que la ganadería extensiva «trabaja todo el año fijando población, cuidando el paisaje y reduciendo el riesgo de incendio». Según esta entidad, «allí donde pasta el ganado la vegetación se reduce y con ella el riesgo de propagación de las llamas». Además, subraya que esta actividad no solo genera alimentos de calidad, sino que sostiene la vida en las zonas rurales y cumple un papel esencial en la prevención de incendios. Para que sea viable, reclaman un apoyo institucional constante y que los consumidores mantengan su decisión de compra de manera estable, no solo cuando el fuego ocupa los titulares.
El especialista en paisaje sonoro Carlos de Hita incide en la responsabilidad de los consumidores: «La próxima vez que hagas la compra, fíjate en la procedencia de la carne, las legumbres y las frutas. Entenderás por qué desaparece la ganadería extensiva, la agricultura que cuida de los montes para que no ardan». Para De Hita, la elección en el supermercado tiene un impacto directo en la conservación del territorio.
La desconexión entre la sociedad urbana y el medio rural agrava la situación. WWF señala que los habitantes de las ciudades «mantienen una percepción estática de la naturaleza —'el bosque no se toca'— que dificulta la demanda social de políticas de prevención a escala de paisaje». Julián Piracés, vinculado al sector del ovino y caprino, añade que «no se dan las condiciones óptimas para que la gente vuelva» al campo. Como resultado, más del 77% de los montes españoles carecen de planes de ordenación, lo que genera paisajes homogéneos, jóvenes y poco diversos, muy vulnerables al fuego.
La falta de un tejido económico y social en el medio rural impide una gestión forestal efectiva. Mientras no se recupere la rentabilidad de las actividades tradicionales y se garantice el relevo generacional, el riesgo de incendios seguirá aumentando. La solución pasa, según los expertos, por valorar económicamente los servicios ecosistémicos que prestan ganaderos y agricultores, y por una toma de conciencia colectiva que vaya más allá de los meses de verano.