El analista político Anton Jäger sostiene que la última década ha traído una repolitización intensa, pero sin un cuerpo institucional capaz de sostenerla. En su libro Hiperpolítica: Politización extrema sin consecuencias políticas, el investigador belga define este fenómeno como una «repolitización sin reinstitucionalización»: aumentan la participación electoral, las protestas y la violencia política, pero las relaciones de poder apenas se modifican.
Doctor por Cambridge y profesor en la Universidad de Oxford, Jäger se ha convertido en una de las voces más afiladas de la izquierda europea. En conversación con, explica que el concepto de hiperpolítica no es enteramente suyo: fue utilizado por primera vez en alemán a principios de los años 90 por Peter Sloterdijk, y también aparece en los debates posestructuralistas entre Slavoj Žižek y Ernesto Laclau. Su aportación, sin embargo, es sustancialmente distinta, pues lo enmarca en un diagnóstico sobre el presente.
Frente a la «pospolítica» de los años 90 y 2000 —una época de baja participación, consenso tecnocrático y retirada hacia la vida privada, simbolizada por el «fin de la historia» de Fukuyama—, la hiperpolítica describe un escenario opuesto. Hoy hay más actividad política, pero no adopta una forma institucional. En comparación con la política de masas del siglo XX, densa en partidos, sindicatos, prensa militante y sociabilidad obrera, la hiperpolítica carece de estructuras duraderas y queda atrapada en los ciclos mediáticos y las redes sociales.
Jäger rechaza la analogía con el periodo de entreguerras que a menudo emplea la izquierda. Si alguien militaba en los años 20 y 30, recuerda, la primera pregunta era de qué partido tenía carné o en qué organización estaba activo. Hoy no ocurre así. Esa diferencia impide hablar de una regresión al fascismo clásico, aunque el analista admite que parte de la energía política liberada en los últimos quince años ha beneficiado más a la extrema derecha que a la izquierda.
En Europa, subraya, la extrema derecha ha pasado de ser fuerza de oposición a fuerza de gobierno: alrededor de un tercio de los sistemas europeos la incluyen hoy en coaliciones gubernamentales, a veces como socio principal. El caso italiano es paradigmático. Giorgia Meloni hereda un partido fundado originalmente por fascistas del siglo XX, el MSI, surgido tras la derrota de Mussolini. Sin embargo, Fratelli d'Italia es hoy una formación política plenamente insertada en el sistema institucional.
El autor insiste en que la ventaja de la derecha en este nuevo terreno no es accidental, sino estructural. La hiperpolítica, al no depender de organizaciones colectivas estables, favorece a quienes mejor se adaptan a la turbulencia mediática y a la movilización emocional. La izquierda, en cambio, sigue atada a un imaginario de masas que ya no existe, lo que dificulta traducir el descontento en poder real.
Jäger plantea la necesidad de instituciones híbridas que devuelvan a la repolitización una dimensión duradera, sin prometer un falso retorno a tiempos irrecuperables. El debate intelectual suscitado por su concepto apunta a una pregunta central: cómo construir formas organizativas capaces de sostener la energía política sin depender exclusivamente del ciclo mediático. El caso español, señala, es una muestra más de este diagnóstico, aunque no desarrolla en la entrevista todas sus implicaciones.