Wiktor dejó atrás su trabajo en Holanda y regresó a Cachemira para hacerse cargo de la granja que heredó de sus padres. En «Koziołeczek», su explotación en Trzepowo, se ha propuesto recuperar las variedades antiguas de manzano, elaborar vinagres artesanales y mantener un modelo de producción ecológico que, según su experiencia, ninguna máquina puede sustituir.
La decisión de abandonar los Países Bajos y volver al campo no fue un capricho pasajero. Muchos sueñan con escapar de la ciudad, pero Wiktor llevó ese plan a la práctica y se instaló en la propiedad familiar, donde el clima rural se percibe en su forma más auténtica. Allí combina el cultivo de manzanas de variedades tradicionales con la producción de vinagres de elaboración propia, dos actividades que encajan con una filosofía de respeto al entorno y de recuperación del patrimonio agrícola.
El proyecto de «Koziołeczek» se apoya en la idea de que el trabajo de la tierra exige una implicación personal que la tecnología no puede reemplazar. La frase que resume su planteamiento —«ninguna máquina sustituirá al corazón puesto en la tierra»— refleja una postura que gana adeptos entre quienes buscan alternativas a la agricultura intensiva y a los circuitos comerciales convencionales.
Junto al cultivo y la transformación de la fruta, la granja practica el trueque sin dinero. Este sistema de intercambio permite a Wiktor y a sus vecinos acceder a bienes y servicios sin pasar por el efectivo, una fórmula que en las zonas rurales refuerza los lazos comunitarios y reduce la dependencia de los canales de distribución habituales.
La apuesta por las variedades antiguas de manzana tiene también una dimensión de conservación. Frente a las variedades comerciales seleccionadas por su resistencia al transporte y su uniformidad, las antiguas aportan diversidad genética y sabores que se habían ido perdiendo. Recuperarlas implica un trabajo paciente de cultivo y selección que no se ajusta a los ritmos de la producción masiva.
El caso de Wiktor ilustra una tendencia más amplia: el regreso al medio rural de personas formadas o empleadas en el extranjero que buscan un modo de vida distinto. Su experiencia en Holanda le aportó una perspectiva que ahora aplica en Cachemira, aunque su modelo se aleja de la lógica industrial y se acerca a la artesanía y a la ecología.
En «Koziołeczek», el visitante encuentra un entorno donde el paisaje y las costumbres del campo se mantienen sin artificios. La granja se presenta así como un espacio de resistencia tranquila frente a la homogeneización del consumo, donde la manzana de siempre vuelve a tener nombre y el intercambio se hace con la palabra dada.