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La inteligencia rusa intentó reclutar a una ex Pussy Riot como espía y la presionó para matar a su expareja

Margarita Konovalova, conocida como Rita Flores en Pussy Riot, revela que el FSB la extorsionó para espiar a disidentes y le ordenó participar en una emboscada contra su exnovio, el periodista Pyotr Verzilov.

Margarita Konovalova, conocida como Rita Flores en el grupo de punk activista Pussy Riot y con nombre en clave Harley para los servicios de espionaje rusos, ha revelado en una entrevista que fue reclutada por la contrainteligencia de Rusia para espiar a sus compañeras y a su entorno. Según su relato, los agentes que la detuvieron la extorsionaron con amenazas contra su vida y la de su familia si no cooperaba, y llegaron a encargarle participar en el asesinato de su expareja.

La historia de Flores se conoce en un momento en que Rusia mantiene una lista pública de 22.000 personas consideradas «terroristas o extremistas», entre las que se encuentra Pussy Riot. El objetivo de esa clasificación, según han denunciado las integrantes del colectivo, es equiparar la disidencia con el terrorismo para aplastar a los activistas. El grupo saltó a la fama internacional en 2012 tras ser detenidas y encarceladas por interpretar una canción punk en la catedral de Moscú, un acto que entonces se interpretó como un desafío a la religión y que años después se entendió como un desafío a la propia democracia rusa.

Flores explicó que su primer encargo como espía consistió en redactar perfiles de varios folios sobre artistas disidentes, como el creador de street art Philippenzo o el performer Pavel Krisevich. La agencia de espionaje, el FSB heredero de la KGB, le pidió que averiguara información muy personal sobre ellos, en especial si estaban deprimidos. «Porque si están deprimidos, significa que están enfermos. Así que podemos trabajar con eso», afirma que le dijeron los agentes. Su táctica para entorpecer el trabajo fue suministrar información inservible, como la marca de cerveza favorita de esas personas, y alejar a los objetivos procurando que se enfadaran o se enemistaran para que fuera imposible obtener datos.

La peor misión le fue asignada el verano pasado: participar en el asesinato de su exnovio, Pyotr Verzilov, editor del medio crítico Mediazona y colaborador de Pussy Riot y del grupo Voina. Verzilov fue acusado de «difundir noticias falsas sobre el ejército ruso» y se encuentra exiliado. La FSB pidió a Flores que se citara con él en un café de Serbia, donde le prepararían una emboscada. Flores había sido captada durante el registro de su domicilio en el marco de la investigación contra Verzilov.

La reacción de Flores para evitar la misión fue extravagante pero funcionó. Utilizó la moral rusa contra la que había peleado en su beneficio: se casó con su novio actual de un día para otro y después comunicó a los servicios de inteligencia que su marido no le permitía encontrarse con su ex. «¿Qué clase de mujer sería si lo hiciera?», les dijo. La excusa surtió efecto y la operación quedó cancelada.

El caso de Flores se suma a la persecución que sufren los miembros de Pussy Riot en el exilio. El año pasado, Mariya Alyokhina, en busca y captura desde 2022 y ya encarcelada tras el primer juicio, fue condenada a 13 años de prisión por criticar la invasión de Ucrania. La propia Alyokhina advirtió en 2019 de que «en Rusia, si eres gay, te pueden matar sin miramientos» y que «cuando comienzan este tipo de ataques, es fácil llegar al fascismo».

La historia de Flores remite también al libro Police State, publicado el año pasado por Nadezhda Tolokónnikova, que recoge obras de artistas disidentes rusos en prisión o que han pasado por ella. Acompañando un vídeo en el que canta junto a soldados ucranianos de la Brigada Jartia, la artista escribió: «Nadie está a salvo mientras la Rusia totalitaria siga incontrolable».