El uso del teléfono móvil en las salas de cine ha dejado de ser una excepción para convertirse en una práctica extendida que amenaza la experiencia de la gran pantalla. Un espectador ha denunciado en un foro digital que, en los últimos dos años, cada vez que ha acudido a una proyección ha contado entre seis y treinta personas utilizando activamente sus dispositivos durante la película, ya sea navegando por redes sociales, viendo vídeos cortos o grabando directamente la pantalla.
El testimonio, difundido en la comunidad de aficionados al cine, describe una situación que se repite independientemente del género. Según el relato, las películas de acción y los títulos populares concentran más grabaciones, mientras que las comedias y los dramas acumulan más usuarios enviando mensajes o consultando redes sociales. En todos los casos, señala, el brillo del teléfono se mantiene al máximo y la interrupción visual resulta inevitable para el resto del público.
El autor de la denuncia recuerda una anécdota especialmente llamativa: durante el clímax de una proyección de una película de terror, un espectador sentado en la misma sala estaba jugando a un videojuego de rompecabezas en su teléfono. «¿Qué estamos haciendo?», se pregunta, antes de apuntar que las campañas institucionales que piden silenciar los dispositivos no están funcionando.
Para este espectador, el problema no se limita al teléfono. En una sesión en una sala de arte y ensayo, con cientos de butacas ocupadas, varias personas de la fila anterior se quitaron los zapatos y los calcetines, dejando un olor desagradable en el ambiente. La ausencia de acomodadores durante la proyección, sostiene, es el factor común que permite que este tipo de comportamientos se prolonguen sin corrección.
La propuesta del denunciante pasa por recuperar la figura del acomodador en cada sesión y por incorporar equipos de seguridad capaces de responder ante situaciones de conflicto o amenaza. A su juicio, si se estableciera que el uso del teléfono después de un primer aviso conlleva la expulsión de la sala y la revisión del dispositivo por posibles preocupaciones de piratería, el fenómeno se reduciría drásticamente en cuestión de semanas.
El debate conecta con una preocupación más amplia sobre el futuro de las salas. El precio de una entrada, que el autor cifra en torno a veinte dólares en su moneda, y el coste de las palomitas y bebidas agravan la percepción de que la experiencia presencial ya no compensa. El único valor diferencial del cine frente al consumo doméstico es precisamente la experiencia colectiva, y esa ventaja se diluye cuando la sala se convierte en una extensión del salón de casa.
La denuncia subraya una contradicción que afecta a la industria: mientras las plataformas de streaming compiten por la atención del espectador, las salas afrontan el reto de preservar las normas básicas de convivencia. La ausencia de personal durante las proyecciones, la impunidad de las conductas disruptivas y la normalización del móvil como parte del ocio dibujan un escenario en el que la seguridad y el control del comportamiento se plantean como condiciones para recuperar al público.
El testimonio no menciona cadenas concretas ni países, pero refleja una inquietud compartida por muchos aficionados que ven cómo la sala oscura, tradicionalmente un espacio de atención y silencio, se transforma en un entorno donde la pantalla del móvil compite con la pantalla grande. La propuesta de expulsión y revisión de dispositivos por piratería añade una dimensión legal y de seguridad que hasta ahora rara vez se asociaba con la experiencia de ir al cine.