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Una revisión científica cuestiona el mito de las ocho horas de sueño y su relación con la salud

Un estudio publicado en Brain Medicine concluye que la duración del sueño no es el único indicador relevante y que dormir menos de ocho horas no siempre implica una enfermedad. La investigación analiza patrones ancestrales y genéticos.

Este artículo se ha producido con ayuda de IA bajo la responsabilidad editorial de Haydamax OÜ.

La creencia de que todas las personas necesitan dormir exactamente ocho horas para gozar de buena salud carece de fundamento científico sólido, según una revisión sistemática publicada en la revista Brain Medicine. El trabajo, liderado por Seithikurippu R. Pandi-Perumal, integra antropología, historia y análisis filogenómico para concluir que el momento y la regularidad del descanso, más que su duración, son los factores que diferencian el sueño moderno del de nuestros ancestros.

La cifra de las ocho horas se popularizó a mediados del siglo XIX, cuando el día se dividió en tres bloques: ocho horas de trabajo, ocho de ocio y ocho de sueño. Esta división se consolidó junto a la idea de que la industrialización y la luz eléctrica nos habían robado horas de descanso. Sin embargo, los autores del estudio sostienen que ninguna de estas dos creencias es correcta. Para ello, analizaron el sueño de tres sociedades de cazadores-recolectores que viven sin luz eléctrica: los Hadza de Tanzania, los San de Namibia y los Tsimane de Bolivia. Estos grupos duermen entre 6,4 y 7,1 horas por noche, una cifra similar al promedio de las sociedades industrializadas.

La investigación también desmonta la teoría del sueño «bimodal», según la cual nuestros antepasados dormían en dos bloques separados por una o dos horas de vigilia dedicadas a la oración, la contemplación o las tareas domésticas. Los autores señalan que el descanso preindustrial no estaba segmentado de forma uniforme y que términos como «primer sueño» o «segundo sueño» resultan ambiguos. En los estudios arqueológicos sobre la Roma clásica apenas se encontraron evidencias de un sueño segmentado estandarizado; el descanso romano era fluido y dependía de la clase social y de la distribución del espacio en las viviendas. En la realidad preindustrial, la luz de las velas, el fuego y las interacciones sociales permitían habitualmente un sueño continuado.

En el plano genético, el trabajo analiza el papel del gen DEC2, identificado en personas que solo necesitan unas seis horas de sueño por noche sin presentar problemas de salud. La existencia de variantes como esta desafía el dogma de las ocho horas presente en las guías universales de sueño. Los investigadores plantean que la medicina debe reconocer esta condición como un fenotipo saludable y no patológico, para evitar someter innecesariamente a personas sanas a estudios médicos de insomnio o a tratamientos de corrección conductual y farmacológica que no necesitan.

«Clínicamente, la consecuencia más inmediata es que deberíamos dejar de tratar a cada persona que duerme poco como un paciente», afirma Ahmed S. BaHammam, coautor del estudio. «Cuando una variante validada, como la DEC2 P384R, es la causante de la falta de sueño en una familia, la investigación y la corrección resultan contraproducentes». Los autores argumentan que la evaluación del sueño debería incorporar de forma rutinaria el horario, la regularidad y los índices de sincronización circadiana, ya que son precisamente estas dimensiones las que la vida moderna altera.

La neuróloga Milagros Merino, coordinadora de la Unidad de Trastornos Neurológicos de Sueño del Hospital Universitario La Paz, considera que el estudio es muy interesante porque muestra que no se debe medicalizar el despertar nocturno ni la corta duración del descanso cuando no hay síntomas asociados. La revisión concluye que dormir ocho horas puede ser o no lo adecuado para cada persona, pero que el problema de fondo es que se ha estado midiendo lo incorrecto. «No se trata solo de cuánto tiempo pasamos con los ojos cerrados, sino de cuándo, cómo y con qué regularidad lo hacemos», resumen los investigadores.