El canciller alemán, Friedrich Merz, atraviesa sus horas más bajas. La Unión Demócrata Cristiana (CDU) ha sufrido un revés histórico al quedar excluida del parlamento regional de Mecklemburgo-Pomerania Occidental por primera vez en 81 años, al no superar el umbral del 5% de los votos. A este resultado se suma la derrota en las elecciones de Berlín, donde la victoria correspondió a Die Linke, y el triunfo contundente de Alternativa por Alemania (AfD) semanas antes en Sajonia-Anhalt. Los tres comicios dibujan un deterioro acelerado de los conservadores y un desgaste evidente de la gran coalición que sostiene al Gobierno federal.
Merz no ha eludido la gravedad de los resultados. «No podemos suavizar el resultado en Mecklemburgo-Pomerania Occidental. Es un desastre», afirmó nada más comenzar el recuento. Pese a ello, descartó dimitir y reclamó «paciencia» a los ciudadanos, al tiempo que prometió que su Ejecutivo seguirá adelante con las reformas ya planteadas. El canciller se mostró preocupado por el auge de las fuerzas «radicales de izquierda y derecha» y sostuvo que Alemania y Europa deben repensar «de raíz» cuestiones como la libertad, la seguridad cotidiana y la paz. «Nuestra economía está en medio de una profunda agitación y el tono y las interacciones en nuestra sociedad son más duros y menos reconciliables», reconoció.
El líder conservador mantiene por ahora su negativa a pactar «asuntos constitucionales» con AfD, aunque no ha elevado el tono respecto al llamado cordón sanitario. «Estoy firmemente convencido de que el éxito de nuestras reformas no solo mejora nuestra coexistencia, sino nuestro autoconcepto y nuestra imagen en el exterior. Alemania puede cambiar», concluyó. Su estrategia pasa por presentar las derrotas regionales como un argumento para acelerar el proceso reformista y esperar a que sus medidas, especialmente las económicas, empiecen a dar frutos.
La profesora de la Universidad Complutense de Madrid Ruth Ferrero explica que Merz aún conserva «margen institucional» para continuar, aunque los resultados han abierto un debate interno en la CDU. Cambiar de canciller es mucho más complejo que sustituir al presidente del partido: Alemania cuenta con una moción de censura constructiva y el Bundestag necesitaría una mayoría suficiente para elegir a otro canciller. A juicio de Ferrero, Merz intentará «resistir» en el corto plazo y tratará de convertir los reveses regionales en un acicate para las reformas. La siguiente prueba serán las cinco elecciones regionales de 2027, varias en territorios gobernados por la CDU, que determinarán si el canciller puede asumir postulados de AfD o abrirse a pactos con la derecha radical.
La analista describe la situación como «la peor crisis del bipartidismo» alemán. «Tanto la CDU como el SPD están siendo sobrepasados por Alternativa por Alemania, y esto es la primera vez que pasa», señala. El sistema de partidos tradicionales, que había resistido mejor que otros en Europa, se resquebraja, y ambas formaciones tendrán que replantearse su estrategia porque, según Ferrero, «no ha funcionado ni el cordón sanitario ni la asunción de la agenda» de la derecha radical.
Por su parte, Daniel Gil, analista de The Political Room especializado en asuntos europeos, considera que Merz aún tendrá «unos meses» de margen como canciller, pero advierte de que la presión «ya es máxima». Gil recuerda que Merz llegó al poder «siendo bastante impopular» y que su situación se ha ido deteriorando: «El crecimiento económico tampoco ha vuelto y la presión se ha ido apilando». Aun así, el canciller parte con la ventaja de que «no se atisba ninguna alternativa realista» y el SPD no parece tener fuerza suficiente para moverle la silla. «Está en la cuerda floja, sus reformas tienen que empezar a generar beneficios», concluye el analista, que subraya la necesidad de mejoras no solo económicas, sino también sociales, de vivienda y geopolíticas.
La sensación general es que Merz podrá mantenerse en el poder al menos hasta las elecciones presidenciales en Francia del próximo mes de abril, ya que, según fuentes diplomáticas, buena parte del sostén de Berlín depende del eje franco-alemán. El canciller se aferra a ese margen mientras su partido encara un debate interno y la ultraderecha consolida su avance en el panorama político alemán.