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Alice Lugen advierte de que la Rusia militarizada sobrevivirá a Putin

La analista Alice Lugen sostiene que el sistema de poder ruso, construido sobre el aparato de seguridad y la militarización de los niños, persistirá más allá de Putin y mantendrá la hostilidad hacia Occidente.

La idea de que la desaparición de Vladímir Putin traería automáticamente una Rusia nueva y reconciliada con Occidente es un espejismo. Así lo plantea la analista Alice Lugen, quien advierte de que el problema no se agota en la figura del líder del Kremlin, sino que responde a un entramado institucional y social construido durante años y diseñado para sobrevivirle.

En una entrevista, Lugen describe un Estado que ha cimentado su poder en el fortalecimiento de los servicios de seguridad, en la educación militarista de las nuevas generaciones y en la consolidación de un relato nacional que presenta a Occidente como enemigo permanente. Ese conjunto de mecanismos, subraya, no desaparecerá con un cambio de inquilino en el Kremlin.

El dato más contundente que maneja la analista es el de los aproximadamente dos millones de niños que, según su diagnóstico, ya están siendo formados bajo una lógica de preparación para un conflicto con Occidente. Esa cifra, más allá de su magnitud, revela la profundidad del fenómeno: no se trata de una propaganda coyuntural, sino de un proyecto de socialización que afecta a cohortes enteras de la población.

Para Lugen, la clave está en que el sistema ruso ha convertido la confrontación con el exterior en un elemento identitario. La hostilidad hacia Occidente no funciona solo como herramienta de legitimación interna, sino como eje estructurante de la vida pública, la educación y la carrera de las élites vinculadas a los aparatos de fuerza.

Esa dinámica genera una trampa para cualquier escenario de sucesión. Aunque Putin desapareciera del tablero, las instituciones, los incentivos y las narrativas que sostienen ese orden seguirían operando. Quienes ocuparan el poder tendrían poderosas razones para mantener el rumbo, so pena de desestabilizar el sistema que les da sustento.

La advertencia de Lugen encaja en un debate más amplio sobre las expectativas depositadas en un cambio de régimen en Moscú. La analista desmonta la ilusión de que basta con un relevo personal para que Rusia modere su postura internacional o democratice sus estructuras. El problema, insiste, es sistémico y tiene raíces profundas.

El énfasis en la militarización infantil añade una dimensión especialmente preocupante. Una generación educada en la idea de una guerra inevitable contra Occidente difícilmente adoptará después posiciones de apertura o cooperación. Esa herencia condicionaría la política exterior rusa durante décadas, con independencia de quién gobierne.

La reflexión de Lugen también cuestiona la eficacia de las estrategias occidentales basadas en esperar un colapso interno o un cambio de liderazgo. Si los mecanismos de poder están diseñados para perpetuarse, cualquier análisis que se centre exclusivamente en la figura de Putin corre el riesgo de subestimar la capacidad de resistencia del sistema.

En ese sentido, la entrevista invita a mirar más allá de la persona y a examinar las estructuras que han convertido a Rusia en un actor dispuesto a sostener una confrontación prolongada. La pregunta ya no es solo qué ocurrirá cuando Putin falte, sino cuánto tiempo sobrevivirá la maquinaria que ha construido a su alrededor.

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