Las cerca de 300 personas que han convivido durante los últimos 60 días en el campamento de Sidi Embarek, en Ceuta, han sido trasladadas este martes al nuevo asentamiento estatal de Caballería, próximo a la playa Benítez y gestionado por CEAR. El nuevo recurso, cuyas obras comenzaron a mediados de septiembre, está acondicionado con carpas para albergar principalmente a mujeres y personas vulnerables, y tiene una capacidad prevista de 540 plazas.
El campamento de Sidi Embarek nunca nació como un recurso institucional de acogida. Fueron vecinos, voluntarios y organizaciones sociales como Luna Blanca quienes habilitaron el espacio para cobijar a cientos de mujeres y menores que cruzaron a Ceuta a finales de julio. Durante dos meses, sus paredes de lona blanca han protegido a una comunidad que ahora se enfrenta a una nueva etapa. «Las noches son cada vez más frías y cuando llueve entra mucha agua en la carpa», relata Narjiss, la primera en ser realojada, con una pegatina blanca en el pecho que la identifica como la número uno.
El traslado se ha organizado en grupos, algunos andando y otros en coche, acompañados por un equipo de CEAR. La noticia ha sido recibida con lágrimas de alivio y gestos de celebración. «Gracias a Dios, gracias a Dios. Que Dios nos proteja», repetía una de las mujeres mientras arropaba a su hija pequeña. Otras, como Karima, una de las coordinadoras del campamento, no podían ocultar la emoción: «Qué respiro», confesaba con las gafas empañadas. «Vais a un sitio mejor, más seguro, con más duchas», añadía para tranquilizar a las que aún dudaban.
Entre la alegría, sin embargo, persisten los miedos. Nadia, sentada en una esquina, observa la escena con preocupación. Sus hijos están en un centro de menores y se reúne con ellos cada día. «He visto las noticias. A muchos de los jóvenes marroquíes que estaban en la playa del Trampolín los han devuelto a Marruecos. Tengo miedo de que nos pase lo mismo», explica. Nadia vivió en Ceuta hace 30 años y trabajaba como porteadora hasta que la pandemia y la prohibición de su trabajo la dejaron sin empleo. «Me quedé sin trabajo y sin familia. Solo quiero otra oportunidad», añade.
La carpa de Sidi Embarek queda atrás con sus goteras, el frío y las historias de resistencia. Por delante, otra carpa, pero también la sensación de estar avanzando. Las mujeres cantan mientras recogen sus pertenencias, acompañadas de palmas, entonando fórmulas habituales en las celebraciones marroquíes. Los niños guardan juguetes y se cambian los zapatos por «los más bonitos». Para muchas, este traslado supone un paso más después de meses de incertidumbre, aunque el camino hacia una vivienda definitiva aún no tenga un final claro.