Europa se prepara para un invierno energéticamente complicado. La subida del precio del gas y del petróleo en los mercados internacionales, avivada por el conflicto en Oriente Próximo, ha reavivado el temor a una crisis similar a la de 2022. Fuentes de la Comisión Europea reconocen que se avecina una temporada «complicada», especialmente porque las ayudas públicas diseñadas para contrarrestar la escalada energética eran temporales y los gobiernos tienen cada vez menos margen fiscal.
El problema no será tanto de suministro como de precio. Los hogares y las empresas tendrán que pagar más por consumir energía, lo que presionará los presupuestos familiares y la competitividad empresarial. La economía europea sigue débil y la inflación, más persistente de lo esperado, ha obligado al Banco Central Europeo (BCE) a mantener una política monetaria restrictiva. Esto encarece la financiación de los estados, tanto para emitir nueva deuda como para refinanciar la existente.
Las reservas de gas en Europa se encuentran al 69% de su capacidad total, cuando lo habitual para estas fechas sería un 85%. La situación varía por países: los depósitos alemanes rondan el 56%, los españoles el 73% y los italianos el 85%. El gas se disparó precisamente en los meses en que Europa debía llenar esos depósitos. Muchas empresas optaron por esperar a que el conflicto se suavizara y los precios bajaran, algo que no ha ocurrido. El gas europeo de referencia, el TTF holandés, ha superado los 80 euros por megavatio hora, duplicándose desde julio y alcanzando niveles no vistos desde finales de 2022.
El conflicto y la situación en el estrecho de Ormuz dificultan las exportaciones de gas natural licuado desde el Golfo, especialmente las de Qatar, que representa alrededor de una quinta parte de la oferta global. La menor disponibilidad presiona al alza el precio en origen, lo que acaba impactando en la factura final de los consumidores, tanto de gas como de electricidad. «Si el invierno es más frío y no hay acuerdo sobre Ormuz, veremos precios casi iguales que los que vimos en la guerra de Ucrania», advierte Antonio Aceituno, analista de mercados energéticos y CEO de Tempos Energía.
Los cálculos previos han saltado por los aires. Los mercados dan por hecho que el conflicto no se resolverá este año ni probablemente el próximo, dado que los futuros de gas para 2027 ya superan los 50 euros por megavatio hora. «Es una señal inequívoca de que el mercado ya está descontando que habrá conflicto en 2027», apunta Aceituno. La situación es más delicada de lo que había contemplado el BCE, ya que el barril de Brent supera los 100 dólares y su impacto se percibe en los surtidores. El litro de gasolina y diésel acumula una fuerte subida en el último mes, acercándose a los máximos posteriores a la invasión rusa de Ucrania. Llenar el depósito nunca había sido tan caro de media en la UE.
Sin embargo, el mayor riesgo económico no es un encarecimiento temporal del petróleo o el gas, sino que ese incremento se traslade al transporte, los alimentos, los salarios y los servicios, y finalmente a las expectativas de inflación. Es entonces cuando una inflación importada se convierte en doméstica y estructural. «Subir tipos combate la demanda pero no crea oferta, y el BCE puede encarecer el precio del dinero sin poder producir petróleo ni llenar los depósitos europeos de gas», explica José Manuel Marín Cebrián, economista y fundador de Fortuna SFP.
Otro factor clave es que el petróleo se puede sustituir con relativa facilidad a escala mundial, mientras que el gas es mucho más complicado de transportar y sustituir rápidamente. Investigaciones del Banco de Italia, difundidas por Reuters, indican que los shocks del petróleo tienden a provocar una inflación más transitoria, mientras que los del gas pueden tener efectos más fuertes y persistentes sobre la inflación subyacente, la que excluye energía y alimentos frescos. Esto indica cuándo las subidas de precios dejan de ser un problema coyuntural y se enquistan.