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La trampa de la comida «buena» y «mala»: por qué sentimos culpa al comer

La dietista Katarzyna Błażejewska-Stuhr advierte de que dividir los alimentos en buenos y malos genera sentimiento de culpa y una relación conflictiva con la comida, una tendencia que se consolidó en Polonia a partir de los años noventa.

La dietista Katarzyna Błażejewska-Stuhr sostiene que sería deseable dejar de clasificar los alimentos en «buenos» y «malos», porque esa división suele derivar en un sentimiento de culpa: quien come algo considerado «malo» siente que ha hecho algo incorrecto. La recomendación de la especialista apunta directamente a una de las dinámicas más extendidas en la relación contemporánea con la comida, en la que la moral se cuela en el plato y el acto de alimentarse deja de ser una necesidad cotidiana para convertirse en una prueba de disciplina personal.

Esa lógica no surgió de la nada. En Polonia, como en buena parte de Europa, fue a partir de los años noventa cuando se empezó a hablar mucho de adelgazar. La conversación pública sobre el peso, las dietas y el control de lo que se come se intensificó hasta instalarse en la vida diaria, y con ella llegó también una forma de pensar la alimentación en términos de acierto o error. Lo que en principio era un consejo de salud se transformó en un juicio constante sobre la propia conducta, con el consiguiente desgaste emocional.

El resultado es una paradoja que la especialista describe con claridad: la preocupación por comer bien acaba produciendo malestar. El alimento deja de evaluarse por lo que aporta y pasa a clasificarse por lo que simboliza. Un producto se convierte en una recompensa o en una falta, y quien lo consume se siente en deuda consigo mismo. Esa carga moral explica por qué muchas personas viven la comida con ansiedad, alternan la restricción con la culpa y sienten que deberían negarse cosas incluso cuando no existe una razón de salud que lo justifique.

La propuesta de Błażejewska-Stuhr no consiste en ignorar la nutrición, sino en desactivar el juicio que la acompaña. Si un alimento deja de ser «malo», comerlo no convierte a nadie en culpable. La especialista subraya que la división entre buenos y malos es la que conduce a ese sentimiento de haber obrado mal, y no el alimento en sí. Romper con esa dicotomía permite recuperar una relación más serena y menos castigadora con lo que se pone en el plato, algo especialmente relevante en un contexto cultural donde la conversación sobre el peso lleva décadas ocupando un lugar central.

El planteamiento conecta con un cambio de hábitos que se aprecia en la forma de hablar de alimentación en los últimos años. Frente al discurso de la renuncia y el autocontrol que se popularizó en la década de los noventa, gana terreno la idea de que la comida no debe organizarse en torno a la culpa. La observación de la dietista invita a mirar el plato sin etiquetas y a preguntarse menos por lo que se debería evitar y más por lo que realmente sienta bien, una idea sencilla que choca con años de mensajes centrados en la restricción.

La reflexión resulta pertinente para un público acostumbrado a convivir con recomendaciones contradictorias y con una presión estética que no siempre distingue entre salud y apariencia. En ese escenario, dejar de dividir la comida en categorías morales puede ser un primer paso para desmontar la culpa. No se trata de una consigna nutricional nueva, sino de una advertencia sobre el lenguaje con el que se habla de lo que comemos: si el marco es el del pecado, el resultado será el remordimiento; si el marco es el del cuidado, la relación con la comida tiene más margen para ser razonable.