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La cultura crítica catalana planta cara a las imposiciones del independentismo

Escritoras y artistas como Brigitte Vasallo y Juana Dolores Romero desafían las presiones de los círculos ultraindependentistas, que responden con querellas, denuncias y campañas de acoso en redes sociales.

La presión de los círculos ultraindependentistas contra quienes discrepan de su relato identitario ha encontrado resistencia en el mundo de la cultura catalana. Escritoras, actrices y creadoras han comenzado a alzar la voz contra lo que consideran imposiciones lingüísticas e ideológicas, y lo hacen sin renunciar a su condición de catalanas ni a su vínculo con la lengua. El resultado es un pulso abierto en el que las denuncias judiciales y las campañas de acoso se han convertido en el escenario habitual del debate.

El último episodio lo protagoniza la escritora Brigitte Vasallo, invitada al programa radiofónico «Vostè primer» de RAC1, donde criticó el acoso a los castellanohablantes y advirtió de que el catalán podría ser recordado como «una lengua fascista» si se sigue instrumentalizando el debate lingüístico. Sus palabras provocaron una querella criminal por un supuesto delito de odio presentada por el gabinete Acció Cassandra, fundado por dos abogados ultras, y una denuncia administrativa ante la Oficina de Igualdad de Trato y No Discriminación de la Generalitat. El pasado mes de julio, la oficina archivó la denuncia al considerar que las declaraciones de Vasallo no constituyen infracción alguna, pero el gabinete ha exigido ahora reabrir el caso o que el Govern motive jurídicamente el cierre del expediente.

Vasallo, gallega que se considera charnega y que ha escrito parte de su obra en catalán, matizó después que su intención era alertar de la instrumentalización del debate lingüístico por parte de la extrema derecha independentista. También afirmó que «exigir a personas inmigradas que hablen catalán puede constituir un abuso de poder». Partidos independentistas y plataformas ultras presionaron durante meses al Govern para que sancionara a la escritora, en una campaña que también alcanzó al presentador Marc Giró y al propio Gobierno catalán.

El caso de Vasallo no es aislado. Este mismo mes de agosto, la escritora y actriz Juana Dolores Romero, que mantiene en el Palacio de la Virreina de Barcelona la exposición «Declaración de amor a Lenin» hasta el 1 de noviembre, se ha convertido en el blanco de la ira independentista. La artista, ganadora del premio de poesía Amadeu Oller en 2020, ha anunciado que está a punto de dejar de escribir en catalán después de soportar una campaña de acoso en las redes sociales en la que se la ha acusado de «fascista» y «españolista» con consignas que se han viralizado pese a ser falsas.

Juana Dolores, hija de padres andaluces, respondió con su característico estilo irreverente: «Cero complejo de ser catalana, hija de padres pobres y andaluces; jamás voy a presentarme como un ejemplo de integración o de superación; la lengua catalana es también mi lengua porque a la clase trabajadora nos pertenece absolutamente todo lo bonito de esta tierra». La artista asegura que lleva años soportando linchamientos por redes sociales y que incluso tuvo que ocultar que militantes de Aliança Catalana le boicotearon un acto en una biblioteca y la agredieron por la calle.

La escritora también ha cargado contra la exigencia de Junts y Aliança Catalana de que los inmigrantes aprendan catalán de forma obligatoria si reciben las competencias en la materia. Para Juana Dolores, «pensar que el proletariado migrante en Cataluña será más libre o incluso más digno cuando hable catalán me parece una aberración y algo que corresponde a un complejo evangelizador». En la misma línea, ha negado la existencia de los Països Catalans, una afirmación que ha avivado aún más la polémica.

Estos casos reflejan un cambio de actitud en una parte de la cultura crítica catalana, que comienza a perder el miedo a discrepar. Grupos de teatro y equipos literarios se suman a una corriente que rechaza las imposiciones identitarias y que cuestiona la táctica del independentismo de marcar a quien considera enemigo para crear un vacío social y un sentimiento de vergüenza en la víctima. La respuesta de los sectores más radicales no se ha hecho esperar, pero la rebelión cultural ya está en marcha.