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El Reino Unido explora un regreso parcial a la UE con el modelo canadiense como horizonte

El primer ministro británico, Andy Burnham, abre la puerta a una relación más estrecha con Bruselas, mientras las encuestas muestran un apoyo creciente a la reincorporación y los diplomáticos apuestan por un estatus de socio estratégico sin adhesión plena.

Este artículo se ha producido con ayuda de IA bajo la responsabilidad editorial de Haydamax OÜ.

El Reino Unido estudia fórmulas para reconstruir su vínculo con la Unión Europea más de una década después del referéndum del brexit. El primer ministro, Andy Burnham, ha afirmado esta semana en la convención del Partido Laborista celebrada en Liverpool que el país «lleva mucho tiempo siguiendo el camino equivocado» y que explorará «distintas opciones» para una nueva relación con el bloque comunitario. «El brexit ha causado más perjuicios que beneficios. Necesitamos recuperar un mayor nivel de crecimiento y prosperidad», sostuvo, antes de asegurar que «todo está sobre la mesa», incluida una eventual vuelta al club comunitario.

Burnham, conocido por su perfil proeuropeo, insistió en que habla «en serio» y reconoció que le gustaría ver a Gran Bretaña reincorporarse a la UE «durante mi vida», aunque matizó que eso no implica que deba ocurrir de inmediato. «Necesitamos entender cuál sería la naturaleza de cómo analizaríamos las diferentes opciones», añadió. Fuentes diplomáticas consultadas apuntan a que la vía más plausible no es un reingreso pleno, sino una vuelta a medias que convierta a Londres en un socio estratégico con acuerdos concretos, un estatus que en Bruselas ya describen informalmente como el de un «miembro no asociado».

Ese modelo, inspirado en la relación de la UE con Canadá, permitiría al Reino Unido participar en programas específicos como el Erasmus y mantener una alianza estrecha en materia comercial, tecnológica y de seguridad. De hecho, ya se ha confirmado que los británicos participarán en el préstamo de 90.000 millones de euros a Ucrania para 2026 y 2027. Para muchos analistas, lo que Burnham está pidiendo en la práctica es que el Reino Unido forme parte del mercado único sin asumir todas las obligaciones de la adhesión.

El mensaje del primer ministro se apoya en los sondeos. Una encuesta de YouGov de junio situaba el apoyo a la reincorporación en el 55%, frente al 34% en contra. Un estudio de British Future mostraba un margen más ajustado, con un 46% a favor, un 29% en contra y un 25% de indecisos. Otro sondeo de YouGov y Best for Britain reveló que el 35% de los ciudadanos prefiere recuperar la pertenencia a la UE, frente al 18% que aboga por una relación más estrecha manteniéndose fuera y el 11% que quiere alejarse aún más. La opción de volver era la preferida en casi todos los distritos electorales analizados.

Sin embargo, existe una salvedad importante: el respaldo cae cuando se plantea que la reincorporación implique aceptar las condiciones actuales de entrada, como la adopción del euro. En ese escenario, un 45% de los británicos preferiría no volver al bloque. Las mismas fuentes diplomáticas subrayan que, en caso de solicitar el ingreso, el Reino Unido no tendría preferencia de ningún tipo y debería seguir desde cero el proceso en el que están inmersos países como Montenegro, Albania, Ucrania o Moldavia. Londres parte con ventaja en capítulos como el rendimiento económico, la defensa del Estado de Derecho o la solidez institucional, lo que facilitaría una eventual reconciliación.

En Bruselas, la prioridad es consolidar al Reino Unido como socio estratégico tras años de tensiones. El acuerdo posbrexit, en vigor desde 2021, ya establece regímenes preferenciales en comercio de bienes y servicios, comercio digital, propiedad intelectual, contratación pública, aviación, transporte por carretera, energía, pesca, coordinación de la seguridad social y cooperación policial y judicial. La UE sigue siendo el principal socio comercial británico, con cerca del 41% de las exportaciones y el 51% de las importaciones. La reciente resolución del contencioso de Gibraltar, con la eliminación de las barreras físicas y pactos sobre residencia, fiscalidad e inmigración, completa un marco que Bruselas considera ya preparado para una relación más fluida.