El antropólogo y catedrático de la Universitat de Barcelona Manuel Delgado sostiene que el problema de la clase media no es la pobreza en sí, sino la presencia de los pobres. Así lo afirma en su nuevo libro, Todas las ciudades están poseídas, publicado por Capitán Swing, un tratado sobre el poder de la rebeldía y la necesidad de mantener la vida y el conflicto en las calles. La obra aparece coincidiendo con su jubilación a los 70 años, tras una carrera dedicada a la antropología urbana.
Delgado defiende que las ciudades siempre tienden al conflicto y al caos, por mucho que el sistema intente imponer urbes que se parezcan a los renders publicitarios, donde todo el mundo parece feliz pero nadie tiene motivos para estarlo. En su análisis, el neoliberalismo odia el conflicto, aunque muchos de los conflictos que surgen están provocados por las desigualdades que el propio sistema genera. «Las ciudades se alimentan de eso que las altera», señala el autor, para quien una ciudad sin conflicto carece de esencia y, por tanto, está muerta.
El catedrático pone como ejemplo extremo la Ciudad del Vaticano, que describe como la ciudad menos ciudad que ha visitado. Explica que no funciona como tal y por eso no hay conflicto, porque no hay vida. Aunque parezca una ciudad, con calles y edificios en los que vive gente, nunca será una ciudad si no hay quien se apropie de esos espacios de manera imprevisible. Frente a la cultura urbanística, que cree que las ciudades se pueden planificar para que sean exactas a sus maquetas, Delgado reivindica la cultura urbana, la vida real que los urbanistas temen y desprecian por incontrolable.
El libro dedica su último capítulo a Dionisio, entendiendo que no puede existir sin Apolo. Delgado aclara que no son contrarios, sino complementarios: debe existir una estructuración de la vida social sometida a principios y reglas, pero también espacio para lo informal y lo creativo. «No estoy en contra del poder ni de la planificación», afirma. De hecho, se declara partidario de un poder severo, rígido y duro que sea capaz, por ejemplo, de controlar el precio de la vivienda. Al mismo tiempo, reclama que ese poder le deje hacer una hoguera de Sant Joan frente a su casa o que los vecinos se arranquen en un concierto cuando quieran.
El antropólogo critica que las normativas de civismo impidan esas manifestaciones espontáneas y que sea el Ayuntamiento quien organice, controle y acote las hogueras y los conciertos. «Pido que gestionen y fiscalicen lo importante y que a mí me dejen en paz», resume. A su juicio, las administraciones hacen lo contrario: vigilan lo que debería estar a merced de la libertad vitalista y dejan en manos de la libertad de mercado lo que sí debería ser vigilado. De esa dimensión vital y vitalista de la vida urbana depende, según él, nuestra vida cotidiana.
Delgado ha desarrollado buena parte de su carrera fuera del aula. Entiende que la antropología urbana debe salir de la facultad y por eso ha llevado a sus alumnos a manifestaciones, plazas e incluso a observar a los buscadores de ovnis de Montserrat. Presume de haber realizado todas sus tutorías en bares, una práctica que, junto a su carácter irreverente, le ha valido una fama que él mismo relativiza. «¿Yo conflictivo? ¡Si soy un maldito catedrático!», bromea, recordando que lleva 40 años decidiendo sobre el futuro de sus alumnos y que forma parte de la institución.
Con Todas las ciudades están poseídas, Delgado cierra una etapa académica en la que ha combinado el rigor universitario con una mirada crítica sobre el espacio urbano. Su tesis es que la vida es irreducible y no cabe en una maqueta ni en un aula, y que las ciudades, por mucho que se empeñen los planificadores, seguirán estando poseídas por el conflicto, la apropiación imprevisible y la vitalidad de quienes las habitan.