Europa afronta una guerra híbrida que combina drones, ciberataques, injerencias electorales y desinformación, pero los analistas advierten de que la Unión no está preparada para lo que fuentes diplomáticas califican como «guerra total». La CIA ha alertado de posibles ataques con drones contra Francia, Italia y España, aunque el presidente francés, Emmanuel Macron, negó esas advertencias. La Comisión Europea asegura que trabaja con tranquilidad y que los Estados miembros disponen de «diferentes herramientas» para responder, pero reconoce que la UE va por detrás en esta carrera.
Un informe del Servicio de Investigación del Parlamento Europeo (EPRS) identifica 152 incidentes kinéticos atribuidos a Rusia entre enero de 2022 y febrero de 2026. Entre ellos figuran daños a cables submarinos de datos, interferencias en señales GPS y actos de sabotaje en redes comerciales y de transporte. A esta presión física se suman ciberataques contra administraciones públicas y campañas masivas de manipulación informativa dirigidas por redes de bots e inteligencia artificial, cuyo objetivo es erosionar el apoyo a Ucrania y minar la confianza en los procesos electorales.
El documento del EPRS señala que estas agresiones buscan «desestabilizar las instituciones democráticas, debilitar la cohesión social y poner a prueba los sistemas de seguridad comunitarios mientras se mantiene estratégicamente por debajo del umbral de un conflicto armado directo». Es decir, no hay choques militares abiertos, pero eso no significa que no exista una guerra. La estrategia coordinada involucra a actores como Rusia, China, Bielorrusia e incluso Israel, que cercan los intereses europeos en lo que se denomina «zona gris».
Ante este escenario, la UE y la OTAN han acelerado su transición desde una postura meramente defensiva hacia un modelo basado en la disuasión y el castigo. Han desplegado Equipos de Respuesta Rápida Híbrida, aplicado sanciones específicas y reforzado la coordinación en inteligencia y defensa. Sin embargo, tanto analistas de seguridad como el propio Parlamento Europeo sostienen que las medidas actuales resultan insuficientes. Reclaman una estrategia más proactiva que combine la imposición de costes directos a los causantes, la neutralización de redes hostiles y la consolidación de iniciativas defensivas en el flanco este de la Unión.
Fuentes diplomáticas de varios países consultadas explican que hace falta una estrategia en todos los frentes porque esto es una «guerra total», existencial sobre todo en países fronterizos con Rusia o en el punto de mira de Putin, como los Bálticos. Las mismas fuentes consideran poco plausible un ataque militar puro de Moscú contra esos países, pero subrayan que ya no hace falta esa vía para desestabilizar las democracias. La guerra se ha modernizado y el Kremlin es experto en esas nuevas artes.
Los gobiernos nórdicos comparten ese diagnóstico y destacan la importancia estratégica del Ártico, tanto por las rutas marítimas que serán clave en el futuro como por la presencia de materias primas críticas. Muchas voces piden anticiparse: la UE necesita dominar su zona de influencia para que Rusia o China no ganen terreno. Al mismo tiempo, las fuentes advierten de que Putin ha encontrado un punto en el que la OTAN sabe que no puede responder para no escalar hacia un conflicto armado. Es lo que ocurre con los drones en espacios aéreos europeos, en países como Lituania, Polonia o Rumanía. Rusia abre la puerta hacia la tensión casi bélica sin necesidad de tirarla abajo a golpes.
La Alta Representante de la UE, Kaja Kallas, alertó de que Rusia prepara más actos de sabotaje y ataques contra la democracia para dividir e intimidar a la sociedad europea y que esta se abstenga de ayudar a Ucrania. Reclamó que el bloque sea «reactivo» antes de que esos ataques tengan lugar. La vicepresidenta de la Comisión Europea encargada de la Soberanía Tecnológica, Henna Virkkunen, subrayó la necesidad de analizar las infraestructuras críticas y los riesgos existentes, y recordó que la ciberseguridad es una parte crucial de la seguridad cotidiana. La seguridad ya no es analógica: la red y la tecnología mandan en este conflicto.