Marruecos celebra este miércoles unas elecciones legislativas en las que están llamados a votar alrededor de 15,8 millones de ciudadanos registrados, de una población en edad electoral que ronda los 28 millones. La diferencia entre ambas cifras anticipa uno de los rasgos dominantes de estos comicios: la desafección de una parte importante de la sociedad hacia un sistema político en el que el rey Mohamed VI determina las prioridades del Ejecutivo.
La desconexión es especialmente acusada entre los jóvenes. Apenas un 4% de los inscritos tiene entre 18 y 24 años, mientras que los mayores de 60 representan más del 29% del censo. En 2021, cerca de la mitad de los registrados no acudió a las urnas. La juventud marroquí ha vivido un año marcado por movilizaciones que pusieron sobre la mesa demandas de empleo, servicios públicos como la sanidad y la educación, y una creciente preocupación por las desigualdades sociales.
Ese malestar conecta directamente con la crisis fronteriza de Ceuta de los pasados 30 y 31 de julio, cuando más de 70.000 personas cruzaron de forma masiva hacia la ciudad autónoma, desbordando sus capacidades y tensionando las relaciones entre España y Marruecos. Entre los testimonios recogidos entonces se repetían frases como «No tenemos trabajo en nuestro país» o «los salarios son muy bajos». La estampa de miles de jóvenes tratando de abandonar el país introdujo en plena precampaña una pregunta incómoda para las autoridades: por qué una parte de la población está dispuesta a marcharse.
El episodio sigue condicionando la jornada electoral. Marruecos ha reforzado de forma extraordinaria la frontera de Castillejos con Ceuta ante los llamamientos difundidos en redes sociales para intentar un nuevo cruce coincidiendo con los comicios. Según fuentes locales, hay alrededor de 3.000 efectivos desplegados, entre policías, gendarmes y unidades militares. Durante la campaña, dirigentes como Nizar Baraka, líder de Istiqlal y ministro de Equipamiento y Agua, y Abdelatif Uahbi, ministro de Justicia y dirigente del Partido Autenticidad y Modernidad (PAM), volvieron a reivindicar la soberanía marroquí sobre Ceuta y Melilla, aunque el discurso perdió presencia conforme avanzaron las semanas frente a los asuntos sociales y económicos.
El malestar social convive con unas cifras macroeconómicas que muestran una economía en expansión. El Alto Comisionado para la Planificación estimó un crecimiento interanual de alrededor del 4,8% en el segundo trimestre de 2026, impulsado por la recuperación agrícola, los servicios y una fuerte demanda interna. El FMI proyecta un crecimiento del 4,4% para el conjunto del año. Marruecos vive además un importante ciclo inversor con la construcción de carreteras, líneas ferroviarias, aeropuertos, estadios y proyectos de modernización urbana vinculados a la celebración del Mundial de fútbol masculino de 2030.
En el plano político, la carrera vuelve a estar protagonizada por las tres formaciones que gobiernan juntas desde 2021: la Agrupación Nacional de Independientes (RNI), el Partido Autenticidad y Modernidad (PAM) e Istiqlal. El RNI ganó las últimas elecciones con alrededor del 29% de los votos y situó a Aziz Akhannouch al frente del Gobierno. El PAM fue segundo, con un 14%, e Istiqlal obtuvo aproximadamente un 10%. Akhannouch ya anunció que no aspirará a continuar como jefe del Ejecutivo, lo que ha abierto la carrera por su sucesión.
El sistema electoral favorece la fragmentación parlamentaria y hace necesaria la formación de coaliciones. La Constitución establece que el rey Mohamed VI debe nombrar al jefe del Gobierno entre los miembros del partido que termine en primera posición, pero el elegido no tiene por qué haberse presentado como candidato a diputado. En ese contexto, el nombre que centra las miradas es el de Fouzi Lekjaa, actual presidente de la Real Federación Marroquí de Fútbol, quien podría acabar ocupando la jefatura del Ejecutivo.