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El amor propio mal entendido puede convertirse en una trinchera contra los vínculos afectivos

Un análisis sobre cómo la interpretación errónea del amor propio, impulsada por redes sociales y discursos de hiperindividualismo, está generando relaciones de pareja frágiles y evitativas, donde el ego y el orgullo se disfrazan de dignidad.

Este artículo se ha producido con ayuda de IA bajo la responsabilidad editorial de Haydamax OU.

El concepto de amor propio se ha convertido en uno de los más repetidos y, a la vez, menos comprendidos de la psicología popular. Las redes sociales han difundido una idea peligrosa: que quererse a uno mismo significa no necesitar, no ceder y no permitir que nadie se acerque demasiado. Este mensaje, presentado como crecimiento personal, ha generado una confusión generalizada sobre lo que realmente implica amarse a uno mismo, especialmente en el contexto de las relaciones de pareja.

Según expertos en psicología relacional, se ha creado un monstruo que utiliza como motor principal el ego y el orgullo humano. Cada vez es más frecuente encontrar discursos que abanderan el poder de la individualidad desde una posición victimista. Personas que, tras varias decepciones amorosas o conflictos con amigos y familiares, concluyen que lo mejor es no comprometerse de verdad con alguien. Aunque es cierto que muchas personas se pierden a sí mismas dentro de una relación, los especialistas advierten que una cosa es trabajar internamente para no desconectarse de uno mismo y otra muy distinta es irse al extremo opuesto: proteger tanto la individualidad que ya no se sabe construir un «nosotros».

Hoy en día, cualquier incomodidad dentro de un vínculo se ha convertido en una señal de alarma. Si alguien confronta, se dice que «no vibra contigo». Si alguien pide presencia, se interpreta como que «te está absorbiendo». Si una relación obliga a revisar las propias formas, se concluye que «te está quitando paz». De esta manera, se ha confundido la paz con no tener que mirar nada de uno mismo. Los psicólogos señalan que este es un error grave, aunque matizan que no se refieren a relaciones donde hay maltrato, manipulación, desprecio o una pérdida real de dignidad. En esos casos, el amor propio no es negociable. El problema surge cuando se llama falta de amor propio a cualquier situación en la que el otro no confirma exactamente la imagen que uno tiene de sí mismo.

El discurso del narcisismo también ha sido mal utilizado. Se ha vuelto común etiquetar como narcisista a cualquier persona que no se ajusta a las expectativas propias. Sin embargo, los expertos recuerdan que hay un narcisista dentro de cada uno en alguna ocasión. El verdadero problema de muchas relaciones actuales es que se ha ido al extremo del hiperindividualismo, fruto de las memorias de generaciones pasadas donde los matrimonios se concertaban y se soportaban hasta la muerte. Ese contexto histórico ha generado un caldo de cultivo de creencias que limitan y condicionan las relaciones actuales.

Ahora, muchas personas creen que cualquier compromiso más profundo supone una renuncia y una pérdida de libertad individual. Se interpreta que cualquier límite del otro es una agresión y que cualquier conflicto es una señal de que la relación ya no es válida. Se ha confundido el amor propio con la incapacidad para vincularse. Amar no es desaparecer en el otro, pero tampoco es utilizar el amor propio como una trinchera desde la que nadie pueda acercarse demasiado. Una relación sana necesita dos personas que sepan estar consigo mismas, pero también que puedan encontrarse con el otro sin convertir cada diferencia en una amenaza para su identidad.

El amor propio bien entendido no rompe los vínculos, sino que los ordena. Lo que realmente acaba rompiendo los vínculos es el ego disfrazado de dignidad y orgullo. Los especialistas recuerdan el concepto de amor propio que Aristóteles compartió en su obra «Ética a Nicómaco». Amarse a uno mismo no significa no dar explicaciones, salir corriendo cuando la relación se complica, no mirar la propia sombra pero sí la del otro, o poner el propio deseo por encima de todo. Amarse a uno mismo significa poder elegir y priorizar el bienestar sin convertir a la otra persona en una enemiga.

Se trata de entender que si uno se honra, se escucha y se da el lugar que le corresponde en una relación sin ser menos ni más, podrá vincularse en pareja sin sentir que su individualidad se ve amenazada. Una relación sana empieza cuando dos individualidades bien colocadas pueden encontrarse. Dos personas que no se anulan, no compiten, no se salvan y no se exigen ser distintas para poder amarse. Cada una llega con su historia, sus heridas, su manera de mirar la vida y su propio modo de sentir. Cuando hay madurez, todo eso no se utiliza como arma ni como reproche, sino como materia viva para construir el vínculo.

El amor no pide que dejemos de ser quienes somos, pero sí invita a dejar de estar tan defendidos. Una pareja sana no nace de dos mitades necesitadas ni de dos egos atrincherados, sino de dos personas que pueden decir: «yo soy yo, tú eres tú, y desde ahí podemos crear algo más grande que ninguno de los dos por separado».

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