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La resiliencia energética, clave ante el aumento de fenómenos climáticos extremos

Un estudio de la Universitat Politècnica de València y la Fundación Naturgy analiza cómo el cambio climático obliga a replantear el diseño y la operación de las infraestructuras energéticas para garantizar el suministro ante eventos extremos como la DANA de 2024.

Este artículo se ha producido con ayuda de IA bajo la responsabilidad editorial de Haydamax OU.

La seguridad energética ya no se limita a garantizar el acceso a las fuentes de energía o a diversificar los suministros. El aumento de la frecuencia e intensidad de los fenómenos meteorológicos extremos ha convertido la resiliencia de las infraestructuras críticas en una prioridad ineludible. Sequías prolongadas, inundaciones, olas de calor e incendios forestales someten a una presión creciente a unos sistemas que fueron diseñados, en muchos casos, para unas condiciones climáticas diferentes. La pregunta que hoy planea sobre gestores públicos y empresas no es solo de dónde procede la energía, sino hasta qué punto se puede mantener el servicio cuando el entorno se vuelve extraordinariamente adverso.

Así lo refleja un estudio sobre la resiliencia de las infraestructuras energéticas elaborado por el Instituto Universitario de Investigación de Ingeniería Energética de la Universitat Politècnica de València y publicado por la Fundación Naturgy. El documento sostiene que el aumento de los eventos extremos obliga a replantear el diseño, el mantenimiento y la operación de las redes energéticas. Garantizar la continuidad del suministro exige anticipar riesgos, adaptar las infraestructuras y reforzar la capacidad de recuperación del sistema ante cualquier incidente.

La energía ocupa una posición singular en este debate porque actúa como soporte de prácticamente todas las actividades humanas. Cuando el suministro se interrumpe, los efectos se extienden mucho más allá del propio sector energético. Hospitales, sistemas de comunicaciones, abastecimiento de agua, transporte, industria, comercio y servicios digitales dependen, de forma directa o indirecta, del correcto funcionamiento de las redes. La resiliencia energética se convierte así en una condición indispensable para la resiliencia de toda la sociedad.

La DANA que afectó a la Comunidad Valenciana en 2024 constituye un recordatorio reciente de esta realidad. Aquel episodio dejó daños significativos y puso a prueba múltiples infraestructuras esenciales, al tiempo que evidenció la importancia de contar con redes capaces de recuperarse rápidamente y con organizaciones preparadas para actuar en situaciones de emergencia. El análisis desarrollado en el estudio demuestra que la capacidad de respuesta ante este tipo de fenómenos no depende de una única medida ni de una solución aislada, sino de la combinación de múltiples factores que deben trabajar de forma coordinada.

Uno de los principales mensajes del informe es la necesidad de abandonar una visión exclusivamente reactiva. Durante mucho tiempo, las inversiones se orientaron prioritariamente a reparar los daños una vez producidos. Sin embargo, el nuevo escenario climático requiere actuar antes de que ocurra el incidente. Identificar vulnerabilidades, fortalecer los puntos más expuestos, incorporar sistemas de monitorización y desplegar tecnologías que permitan actuar con rapidez son elementos cada vez más determinantes para reducir los impactos futuros.

Esta reflexión tiene una enorme relevancia económica. Con frecuencia se analiza el coste de las inversiones necesarias para adaptar las infraestructuras, pero se presta menos atención al coste de la inacción. Cada interrupción prolongada del suministro genera pérdidas económicas, afecta a la productividad, ralentiza la actividad empresarial y tiene consecuencias directas sobre los ciudadanos. La pregunta ya no es si resulta conveniente invertir en adaptación, sino hasta qué punto podemos permitirnos no hacerlo. En un escenario de creciente incertidumbre climática, la prevención deja de ser un gasto para convertirse en un instrumento de gestión del riesgo.

El estudio subraya, además, que la resiliencia debe entenderse como un concepto dinámico. No se trata únicamente de proteger activos físicos frente a posibles daños. También implica desarrollar capacidades organizativas, mejorar los protocolos de coordinación y fortalecer la colaboración entre todos los actores involucrados. La planificación compartida entre administraciones, empresas y organismos reguladores resulta tan importante como las soluciones técnicas. La experiencia comparada analizada en el informe evidencia que la anticipación, la cooperación y la inversión son factores decisivos para afrontar fenómenos extremos.

La digitalización desempeña un papel fundamental en este proceso. Las redes inteligentes permiten detectar incidencias con mayor rapidez, aislar problemas, optimizar recursos y acelerar la recuperación del servicio. A medida que aumenta la complejidad de los sistemas energéticos, disponer de información en tiempo real se convierte en una ventaja estratégica. Las capacidades de análisis y monitorización ya no son complementos tecnológicos, sino parte de la propia seguridad del sistema. El estudio identifica la digitalización, los sistemas de monitorización y alerta temprana y las soluciones de almacenamiento como elementos clave para mejorar la capacidad de respuesta.

En definitiva, el cambio climático ya no representa un riesgo futuro que se analiza únicamente en informes técnicos. Es una realidad que afecta a la planificación económica, a la gestión de los servicios públicos y a la protección de las personas. La adaptación de las infraestructuras energéticas se presenta como una inversión necesaria para garantizar el suministro en tiempos de incertidumbre y para evitar que una interrupción del servicio se convierta en una emergencia de proporciones mucho mayores.

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