Los agricultores y ganaderos españoles han encontrado en los grupos de WhatsApp una herramienta clave para responder a los incendios forestales. En cuestión de minutos, decenas de tractores y cultivadores se dirigen al lugar del fuego, a menudo antes de que lleguen los servicios de extinción oficiales. Esta movilización espontánea, que combina el conocimiento del terreno con la inmediatez de la tecnología, se ha convertido en un pilar de la lucha contra las llamas en muchas zonas rurales, aunque los propios trabajadores del campo consideran que su contribución no está suficientemente valorada por las administraciones.
Juan José Laso, presidente de la Asociación Agraria de Jóvenes Agricultores (Asaja) en Guadalajara, explica que prácticamente todos los agricultores de la región están conectados mediante grupos de WhatsApp a nivel local, comarcal y provincial. Con nombres como «Tractorada» o «Cooperativa», estos chats permiten dar el aviso instantáneo cuando se declara un incendio. «En cuanto hay un fuego, el agricultor no se lo piensa, deja lo que está haciendo, engancha su cultivador y se va a apagarlo. Es un apero muy rápido, muy efectivo junto a las gradas de disco, porque alteran el suelo, tapan la vegetación y paran el fuego», señala Laso, que explota más de 200 hectáreas en Cabanillas del Campo. Según él, los agricultores conocen el terreno «de sobra» y tienen «grabado en los genes» la cultura de apagar incendios. «Gran parte de los conatos en suelo agrícola, e incluso forestal, son apagados por agricultores antes de que lleguen los bomberos», afirma.
Esta capacidad de respuesta ha quedado demostrada en los grandes incendios de este verano. En el fuego de La Mierla, que arrasó 32.000 hectáreas, llegaron compañeros desde Sigüenza y Atienza. En el incendio de Selas, controlado recientemente, se movilizaron «hasta 90 tractores de toda la comarca de Molina». Sin embargo, Laso denuncia que a veces los agricultores no pueden acceder a las zonas de fuego por decisión de los responsables de extinción. «Creo que en cada comité de extinción de un incendio tendría que haber un agricultor o ganadero de la zona, porque le va a facilitar mucha información», reclama. Además, estos trabajadores lo hacen con sus propios medios —gasóleo, aperos— y asumiendo riesgos. «Ha habido casos de accidentes. Se juegan la vida», recuerda.
En Galicia, la experiencia es similar. José Ramón González, secretario de Ganadería de la Unión de Pequeños Agricultores y Ganaderos (UPA) en A Mezquita (Ourense), pertenece a un grupo de WhatsApp de unos 50 miembros, formado por ganaderos de varios ayuntamientos y un veterinario. «Cuando hay un fuego, los que están más cerca acudimos con lo que podemos, tractores o hazadas. Las tecnologías ayudan en este sentido», explica. González, que gestiona 120 hectáreas de pasto para ganadería extensiva, señala que conocer el monte es fundamental para apagar incendios, pero a veces se encuentran con obstáculos. «Hemos tenido dificultades con la Guardia Civil porque no nos dejaban pasar. Si ves a un tío con un tractor y una cisterna, en una situación de emergencia debes presuponer que sabe lo que hace», critica.
Javier Fatás, miembro de la Comisión Ejecutiva de la Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos (COAG) y gestor de 300 hectáreas de cereal en Cadrete (Zaragoza), también participa en varios grupos de WhatsApp. Uno a nivel comarcal con unos 150 miembros, y otro de la cooperativa de Muel, con entre 50 y 60 participantes. «Cuando comienzan las llamas, por el humo se ve enseguida. Al comunicarlo por el grupo, lo normal es que respondan con un 'ok', un pulgar o 'ya voy', pero sabes que todo el que está por la zona acude rápidamente», relata. Fatás coincide en que los agricultores son un recurso inmediato y eficaz, y reclama que se les tenga en cuenta en los planes de extinción.
En un verano especialmente duro, con incendios de extrema gravedad que han llevado al Gobierno a declarar por primera vez la emergencia nacional por incendios y a solicitar ayuda a la Unión Europea, los trabajadores del campo se reivindican como actores clave. Su conocimiento del territorio, su rapidez de reacción y su disposición a dejar sus tareas y arriesgarse por el bien común demuestran que la lucha contra el fuego no es solo tarea de los servicios oficiales. La coordinación y el reconocimiento institucional son las asignaturas pendientes para que esta colaboración sea plenamente efectiva.