Estados Unidos ha reanudado los bombardeos contra Irán, con el Ejército estadounidense afirmando haber atacado 170 objetivos iraníes en 48 horas. Esta nueva escalada militar se produce después de un alto el fuego temporal y marca un giro significativo en la política de la administración Trump hacia Teherán. El presidente Donald Trump ha declarado que el memorando de entendimiento entre ambos países ha «llegado a su fin», calificando a los líderes iraníes de «gente malvada y enferma» y amenazando con nuevas acciones militares, incluyendo un posible bloqueo de los puertos iraníes.
Las hostilidades se han intensificado en el estrecho de Ormuz, una vía marítima estratégica para el comercio mundial de petróleo. Según fuentes oficiales, los bombardeos estadounidenses contra el sur de Irán se produjeron después de que Teherán atacara buques comerciales que transitaban por la parte sur del estrecho, fuera del corredor marítimo designado por Irán. En su red social Truth Social, Trump escribió: «Esto es en represalia por el bombardeo de buques llevado a cabo ayer por Irán. Si vuelve a ocurrir, ¡la situación empeorará mucho más!».
Sin embargo, el colapso del memorando de entendimiento no comenzó esta semana, sino que empezó a desmoronarse casi desde el momento de su firma. El problema central que ha lastrado la diplomacia entre Estados Unidos e Irán durante décadas es la ausencia de una base creíble para la confianza mutua. Teherán tenía pocos motivos para creer que Washington ofrecería un alivio duradero de las sanciones, abandonaría su estrategia de coacción y cambio de régimen, o se abstendría de volver a esas mismas políticas una vez que Irán hubiera cedido sus principales fuentes de influencia.
La lucha por el control del estrecho de Ormuz se ha convertido en la cuestión determinante del memorando. Sobre el papel, el acuerdo ofrecía una vía hacia la distensión mediante una lógica secuencial: el tráfico marítimo por Ormuz se reanudaría bajo acuerdos iraníes, se levantaría el bloqueo estadounidense sobre Irán, Teherán recibiría una exención petrolera y acceso a parte de sus activos congelados, cesarían las amenazas y terminaría la guerra en Líbano. Estas medidas pretendían crear una base mínima de confianza tras el conflicto y abrir la puerta a negociaciones sobre el programa nuclear iraní.
No obstante, esa lógica dependía de una hipótesis frágil: que Washington y Teherán considerarían la aplicación parcial como un puente hacia un acuerdo más amplio, en lugar de una oportunidad para conservar su influencia mientras ponían a prueba la determinación de la otra parte. En la práctica, ninguna de las partes llegó a creer que la otra estuviera cumpliendo los compromisos que más importaban. Desde la perspectiva de Teherán, Washington comenzó a incumplir disposiciones clave de inmediato, incluyendo la cláusula que exigía el fin de la guerra en Líbano, que nunca se cumplió, ya que las fuerzas israelíes continuaron sus operaciones.
Además, según informes, Estados Unidos se resistió a desbloquear los activos iraníes congelados en la medida que Teherán esperaba. Trump siguió lanzando amenazas militares, incluida la amenaza pública de secuestrar a los negociadores iraníes durante la primera ronda de conversaciones en Suiza. El 7 de julio, Estados Unidos revocó la exención sobre las exportaciones de petróleo de Irán, justo cuando Teherán intentaba consolidar el control sobre el tráfico marítimo a través de Ormuz, no cerrando el estrecho de forma permanente, sino obligando a los buques a transitar por la ruta norte designada por Irán.
Esta desconfianza mutua no es simplemente consecuencia de los acontecimientos recientes, sino que refleja décadas de diplomacia fallida. Los responsables políticos iraníes han sido testigos de cómo, a lo largo de sucesivas administraciones estadounidenses, se han impuesto sanciones en repetidas ocasiones, se han levantado parcialmente y luego se han vuelto a imponer. Desde la perspectiva de Teherán, la cuestión central es si algún presidente de Estados Unidos puede ofrecer un alivio de las sanciones y hacer que ese alivio sea duradero.
Gran parte del marco sancionador estadounidense está consagrado en la legislación del Congreso, lo que obliga a los presidentes a recurrir a exenciones renovables que pueden revocarse de un plumazo. Las empresas y los inversores comprenden esa realidad, razón por la cual, incluso tras el acuerdo nuclear de 2015, el alivio de las sanciones no logró generar el nivel de inversión, la integración bancaria y el retorno a la estabilidad económica que Irán había esperado. La consecuencia más importante es que Washington ha ido minando progresivamente la credibilidad de sus compromisos diplomáticos.
Teherán ha llegado a una conclusión contundente: las promesas de un futuro alivio de las sanciones son sencillamente demasiado frágiles como para basar en ellas la seguridad y el desarrollo económico a largo plazo del país. Esta percepción ha llevado a Irán a buscar mantener el control del estrecho de Ormuz frente a los ataques y las amenazas de Trump, envalentonado por su capacidad de influencia en la región. El conflicto no hará más que intensificarse a partir de ahora, según analistas, mientras ambas partes se preparan para una nueva fase de confrontación.