La falta de vivienda asequible en los destinos turísticos españoles obliga cada verano a muchos trabajadores a abandonar sus casas para dejar sitio a los visitantes. Jessica Ferrero, empleada de la estación de esquí de Baqueira, en el Valle de Arán, lleva cinco años guardando su ropa en maletas y sus objetos personales en cajas a mediados de julio. Un acuerdo verbal con sus caseros la obliga a mudarse cada mes de agosto y a regresar cuando la temporada alta termina. «Tengo que elegir entre vivir en la calle o el miedo a ser desalojada por el turismo», resume.
Ferrero, de 40 años, llegó a la comarca pirenaica hace dos décadas, cuando encontrar un hogar no era una odisea. «Cuando llegué aquí, hace 20 años, no tuve ningún problema, todo lo contrario, podías permitirte el lujo de elegir dónde querías vivir porque la oferta era muy competente para nosotros como trabajadores», recuerda. Ahora, desde enero de 2025, ella y su pareja buscan un piso en el que vivir todo el año, pero no encuentran nada que puedan pagar. «No quiero tener que estar pensando que te tienes que ir. Ni sacas la mayoría de las cosas, porque dices: ¿para qué lo voy a sacar si dentro de unos meses lo tengo que recoger otra vez? Sientes como que no es tu casa, porque en realidad no lo es».
El fenómeno no es exclusivo del Pirineo. El auge del alquiler vacacional reduce la oferta de vivienda disponible para residentes en numerosos destinos españoles. Según el Informe Anual 2025 del Banco de España, las viviendas de uso turístico representan ya el 44,9% del total en los centros urbanos de Sevilla y el 44,6% en los de Málaga. En el Valle de Arán, donde viven poco más de 10.000 personas, la presión es aún mayor: la comarca recibe 1,64 millones de pernoctaciones turísticas al año.
La dificultad para acceder a una vivienda también tiene un impacto directo en la economía. Patronales hoteleras como Exceltur han denunciado los problemas para encontrar personal precisamente porque los trabajadores no tienen dónde alojarse. Ferrero asegura que ha conocido a mucha gente que se ha tenido que ir del valle pese a tener empleo. «Uno de los principales problemas de España siempre fue el paro y ahora resulta que nos encontramos con que tenemos trabajo, pero no tenemos una vivienda. Da igual que tengas dinero, porque no tienes ni vivienda», lamenta.
La situación se repite en la costa valenciana. En la comarca de la Safor, con la llegada del verano se produce un doble movimiento de población: los turistas ocupan municipios costeros como Playa de Gandía y una parte de los residentes, mayoritariamente migrantes, se desplaza al interior. Valeria, nicaragüense de 47 años que prefiere usar un nombre ficticio para proteger su identidad como solicitante de asilo, llegó a Gandía hace tres años junto a su marido y su hijo, tras un breve paso por Madrid. La familia alquila cada invierno una casa en Playa de Gandía durante nueve meses y pasa el verano en una habitación en el municipio de Gandía.
«Tener que vaciar mi casa, guardar mis cosas en cajas y buscar otro techo cada verano me genera una incertidumbre constante. Nunca siento que estoy en un hogar, sino en una estancia temporal. Cada año es como empezar de nuevo», relata esta mujer, que trabaja como comercial en Valencia y paga 650 euros al mes por un alquiler que la obliga a vivir a más de 70 kilómetros de su empleo.
La barrera para lograr un contrato de larga duración es sobre todo económica. «Para un piso de larga duración piden de tres a cuatro meses de depósito. Si es con inmobiliaria, piden una fianza que es para ellos. Dos son para el propietario y una de depósito. Entonces son cuatro fianzas que casi llegan a 5.000 euros», explica. Este año la familia se planteó no abandonar la vivienda al llegar el verano, ante la imposibilidad de encontrar habitación en Gandía, pero logró una alternativa casi en el último instante y evitó un conflicto con la inmobiliaria. El contrato, de hecho, incluye una cláusula que obliga a los inquilinos a dejar la casa en temporada alta.
Entre los afectados crece la sensación de vivir en una comunidad que nunca termina de consolidarse. España encadena récords históricos de visitantes mientras los trabajadores denuncian alquileres temporales, contratos limitados a la temporada baja y acuerdos verbales que convierten la vivienda en un privilegio estacional. Sin un hogar estable, advierten, no hay rutinas ni proyecto de vida posible.