La reciente victoria electoral de Peter Magyar en Hungría, que desplazó del poder al ultranacionalista Viktor Orbán, ha abierto una nueva etapa para el Grupo de Visegrado (V4), la alianza informal de países del este de Europa que durante años fue un dolor de cabeza para Bruselas. El primer viaje oficial de Magyar tras su histórica victoria fue a Polonia, donde ambos mandatarios coincidieron en la necesidad de revitalizar este eje para aumentar su peso en las instituciones europeas. Sin embargo, los analistas advierten de que este acercamiento no implica necesariamente un giro hacia posiciones más europeístas, sino más bien una estrategia para defender con mayor cohesión los intereses regionales.
El Grupo de Visegrado nació en 1991, tras la caída de la Unión Soviética, como un pacto informal entre Polonia, Hungría, Eslovaquia y la República Checa para coordinar su integración en la Unión Europea y en el mercado común. Su nombre proviene de un pequeño pueblo húngaro a orillas del Danubio, donde en 1331 tres reyes —Casimiro III de Polonia, Juan I de Bohemia y Carlos Roberto de Hungría— sellaron una alianza contra la poderosa Austria de los Habsburgo. Durante la década pasada, el V4 alcanzó su máxima cohesión bajo el liderazgo de Orbán, junto con Robert Fico en Eslovaquia, Andrej Babiš en la República Checa y Mateusz Morawiecki en Polonia, todos ellos gobernantes euroescépticos y cercanos a la extrema derecha.
“En ese momento, el V4 era un polo de cierto poder que trató de redefinir la forma en la que se relacionaban con la UE. No querían un europeísmo ciego, sino uno más pragmático que pusiera en el centro la soberanía nacional”, explica Héctor Sánchez Margalef, investigador principal de CIDOB. Sin embargo, la invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022 fracturó al grupo. Orbán se erigió como el más firme opositor a la ayuda a Kiev, usando repetidamente su poder de veto para retrasar o dificultar el envío de asistencia militar y financiera. Mientras tanto, el cambio de gobierno en Polonia, con la llegada del democristiano y europeísta Donald Tusk —firme defensor de Ucrania y opositor a Vladímir Putin—, dejó al V4 sin un rumbo claro.
Ahora, la salida de Orbán del poder en Hungría y el acercamiento entre Magyar y Tusk abren la puerta a una reactivación del grupo, pero en una dirección distinta. “La mayor alineación en Visegrado podría traducirse en posiciones más coherentes en las negociaciones entre gobiernos en Bruselas. Esto daría a la región más capacidad para construir propuestas, pero no necesariamente ‘proeuropeas’”, señala Carlos Gómez del Tronco, responsable del programa Just Europe en el think tank checo Europeum. Sánchez Margalef coincide en que el objetivo no es tanto un cambio ideológico, sino recuperar la fuerza que el V4 tuvo para influir dentro de la UE. “Con la agresividad de Orbán, durante mucho tiempo el grupo se vio más como una alianza ideológica que como un pacto de cooperación entre países. Ahora, la llegada de Magyar, que dejará de lado muchas de las disputas interminables de su antecesor, da a Visegrado muchos incentivos para cooperar entre ellos, para defender sus intereses y conseguir favores de Bruselas”, comenta.
¿Qué implicaciones concretas podría tener esta reactivación? En materia de seguridad y defensa, los expertos anticipan una mayor presión para que la UE preste atención al flanco oriental e impulse sus capacidades industriales y militares, especialmente ante la amenaza rusa. En el ámbito económico, es probable que los países del V4 insistan en la competitividad, la energía asequible y la reducción de la carga regulatoria para la industria. En cuanto al presupuesto europeo, defenderán una política de cohesión fuerte frente a nuevas prioridades de gasto, como la transición ecológica o la digitalización. Estos intereses, aunque no son necesariamente antieuropeos, reflejan una visión pragmática y centrada en la soberanía nacional que ha caracterizado históricamente al grupo.
El V4 sigue siendo, por tanto, un instrumento clave para que los países del este de Europa hagan valer su voz en Bruselas. La salida de Orbán no ha eliminado las tensiones internas, pero sí ha abierto una ventana de oportunidad para una cooperación más efectiva. El desafío para Magyar y Tusk será demostrar que pueden traducir esa sintonía en resultados concretos, sin caer en las divisiones del pasado ni en el enfrentamiento frontal con la UE. Mientras tanto, el pequeño pueblo de Visegrado, que dio nombre a esta alianza medieval, vuelve a ser el símbolo de un eje que busca recuperar su peso en la política europea.