Los líderes europeos empiezan a aceptar la posibilidad de hablar directamente con Vladímir Putin, aunque todavía discrepan sobre el cómo y el cuándo. La llamada del presidente ruso con los mandatarios de Noruega, Jonas Gahr Store, y de Finlandia, Alexander Stubb, ha desplazado el debate hacia una dirección que hasta hace poco parecía impensable para los aliados de Ucrania.
Según explican fuentes diplomáticas de varios países, tres factores explican este giro. El primero es el temor a que Donald Trump pretenda inclinar el tablero a favor de Moscú. El segundo es el cansancio de la ciudadanía con todo lo relacionado con el conflicto, también ante las movilizaciones sociales que se multiplican en varios países. El tercero es la dificultad de encajar financieramente más ayuda a Kiev en las cuentas de la Unión Europea.
Las mismas fuentes sostienen que Europa no quiere perder su papel en la mesa y que la idea es avanzar hacia la diplomacia manteniendo la unidad. Esa unidad, sin embargo, todavía no está garantizada: Dinamarca y Suecia han criticado el movimiento de Stubb y Store. Dentro de los círculos diplomáticos se comenta que el presidente finlandés podría ejercer como enviado europeo en futuros encuentros, una figura que defiende, por ejemplo, Italia.
Daniel Gil, analista de The Political Room especializado en asuntos europeos, considera que el foco debe seguir puesto en las sanciones. Según explica, ya no hay mucho margen político para endurecer más la presión sobre Rusia, aunque se siguen aprobando paquetes de medidas. A su juicio, el contexto electoral también complica la situación, ya que la mayoría de gobiernos europeos son impopulares o frágiles, como se observa en Alemania y Francia. Gil advierte además de un previsible aumento de las acciones rusas de sabotaje y de guerra híbrida, frente a las que, afirma, la mayoría de gobiernos europeos no están preparados.
El analista añade que el papel de Estados Unidos es decisivo. Si Washington llega a acuerdos con Moscú, Europa quedaría, en su opinión, en una posición prácticamente insostenible. Por eso considera que el objetivo debe ser que los europeos estén «en la mesa de negociaciones», porque es allí donde se tomarán las decisiones sobre la seguridad no solo de Ucrania, sino de todo el continente.
El primer motivo de la prisa es, según las fuentes consultadas, Trump. Si Estados Unidos se pone del lado de Moscú, Europa tiene que situarse junto a Ucrania, y ese es el mensaje que se repite en Bruselas. Los cortes en Starlink, los intercambios de inteligencia y el acuerdo petrolero entre Washington y el Kremlin han encendido las alarmas. Además, Trump es partidario de levantar las sanciones contra Rusia, que considera inútiles. Volodímir Zelenski se ha mostrado decepcionado con el presidente estadounidense, aunque sin tensar demasiado la cuerda. Europa, por su parte, asume que Trump quiere la rendición de Ucrania, una idea que ya ha expresado la alta representante de la UE, Kaja Kallas.
Ante ese escenario, los líderes europeos insisten en que no basta con cualquier acuerdo de paz. Según repiten en Bruselas y en otras capitales, la paz «tiene que ser justa y duradera» y basarse en los estándares del país invadido, no en lo que diga Rusia.
Las prioridades de los gobiernos también están cambiando. El cansancio ciudadano es evidente, como reflejan las protestas crecientes en Francia, Bélgica, Italia o España. A ello se suman las citas electorales clave. La Comisión Europea considera que, si Marine Le Pen gana las presidenciales francesas previstas para mayo, o si Vox entra en el futuro Gobierno español tras las elecciones del 29 de noviembre, Ucrania podría dejar de estar en primera línea. Además, aprobar nuevas ayudas con la derecha radical en el poder sería mucho más complicado. La propia Le Pen ha advertido de que, si gana, cortará cualquier apoyo a Kiev en los seis meses siguientes a su llegada al Elíseo.
Las cuentas tampoco acompañan. La UE negocia ya el presupuesto a largo plazo para 2028-2034, con un norte que quiere recortar y un sur que reclama más ambición. Dentro de esas cuentas deberá encajar el respaldo financiero a Ucrania más allá del préstamo de 90.000 millones de euros para 2026 y 2027, financiado con deuda común y ya en funcionamiento. Algunas fuentes admiten que, con el paso del tiempo, el margen se irá estrechando, porque las inversiones serán más exigentes y muchas partidas tendrán cada vez más carga ideológica.
Según los datos oficiales citados en la información, entre febrero de 2022 y octubre de 2026 la Unión Europea y sus 27 Estados miembros han proporcionado o movilizado unos 231.500 millones de euros en ayuda a Ucrania tras la invasión rusa. Esa cifra incluye 117.300 millones proporcionados o garantizados por el presupuesto comunitario, 77.900 millones en asistencia militar y 17.000 millones para atender a los refugiados en la UE.