El humo de los incendios forestales, una mezcla tóxica de gases y partículas microscópicas, representa una amenaza creciente para la salud pública a medida que el cambio climático intensifica la frecuencia y gravedad de estos siniestros. La exposición prolongada a estas partículas finas, especialmente las PM2.5 y PM10, puede provocar desde irritación respiratoria hasta enfermedades crónicas como la enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC), asma e incluso cáncer. Según un estudio publicado este año en la revista GeoHealth, que analizó más de 139 investigaciones realizadas entre 1997 y 2023, las consecuencias físicas y psicológicas de los incendios se han agravado en las últimas dos décadas, coincidiendo con el aumento de grandes fuegos en California, Australia y otras regiones.
El humo de los incendios no solo afecta a quienes se encuentran cerca de las llamas, sino que puede viajar cientos de kilómetros, exponiendo a poblaciones enteras a contaminantes peligrosos. Las partículas finas, al ser inhaladas, atraviesan las defensas naturales del sistema respiratorio y llegan al torrente sanguíneo, desencadenando una cascada de efectos adversos. La investigación señala que las visitas a urgencias por problemas respiratorios aumentan significativamente tras episodios de humo intenso, y que la dispensación de medicamentos como el salbutamol se dispara en esas zonas. Además, la exposición a largo plazo se asocia con anomalías pulmonares obstructivas y un mayor riesgo de eventos cardiovasculares, como infartos fuera del hospital.
Entre las afecciones más graves vinculadas al humo de los incendios se encuentran diversos tipos de cáncer. El estudio encontró una relación entre la exposición a PM2.5 y la morbilidad por cáncer de pulmón, nasofaringe, esófago, estómago, colon, laringe, piel, mama, próstata y testículo. Aunque el riesgo absoluto es bajo para la población general, los efectos se acumulan con exposiciones repetidas. Asimismo, las personas con enfermedades crónicas previas, como EPOC o asma, son las más vulnerables, pero incluso los individuos sanos pueden desarrollar asma crónica tras una exposición muy intensa, un fenómeno conocido como «asma por irritantes», según explica el neumólogo Javier González, profesor titular en la Universidad de Santiago de Compostela y miembro de la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica (SEPAR).
Los grupos más vulnerables incluyen a los enfermos crónicos, las personas con asma, las mujeres embarazadas, los bebés y los ancianos. González advierte que muchas personas desconocen que padecen una patología cardiorrespiratoria, lo que las hace especialmente susceptibles. Por otro lado, aunque los jóvenes suelen sufrir menos daño, una exposición muy alta puede dejarles secuelas permanentes. «A veces, por una sola exposición muy intensa se puede desarrollar asma crónica sin haberla tenido antes», señala el experto.
Para protegerse del humo, las autoridades recomiendan permanecer en espacios cerrados con puertas y ventanas selladas cuando la calidad del aire sea mala. Si es necesario salir, se debe usar mascarilla, preferiblemente FFP2 o similar. El Ministerio de Sanidad español también aconseja proteger especialmente a los grupos vulnerables, reducir la actividad física al aire libre y seguir las indicaciones de las autoridades sanitarias. Tras un incendio, es fundamental extremar las precauciones al limpiar cenizas y garantizar la seguridad del agua y los alimentos, ya que los contaminantes pueden persistir en el entorno.
Más allá de los efectos físicos, el impacto psicológico de los incendios forestales es significativo, especialmente en los adolescentes. Un estudio publicado este año en Journal of Traumatic Stress indica que los jóvenes expuestos a estos desastres presentan mayores tasas de depresión, ansiedad e ideación suicida. El trastorno de estrés postraumático también es común entre las personas que han vivido cerca de grandes fuegos. La combinación de pérdidas materiales, desplazamiento y la amenaza constante contribuye a un deterioro de la salud mental que puede perdurar años.
En España, los incendios extremos seguirán aumentando si no se toman medidas eficaces. Un informe de Greenpeace con datos del CSIC estima que los incendios forestales extremos crecerán un 14% para 2030, un 30% para 2050 y hasta un 50% para finales de siglo. Ante esta perspectiva, los expertos insisten en la necesidad de reforzar la prevención, la vigilancia de la calidad del aire y los sistemas de salud para atender las consecuencias de estos desastres climáticos. La salud pública debe adaptarse a un escenario en el que el humo de los incendios será cada vez más frecuente, y la información y la preparación son las mejores herramientas para mitigar sus daños.