A finales de los años noventa, una campaña política rusa podía parecerse a una gran redacción dirigida por un propietario con acceso directo al Kremlin. Boris Berezovski entendió antes que muchos que la política no terminaba en el programa electoral: había que controlar la historia, el canal que la distribuía, las personas que la formulaban y el ritmo de la campaña.
Ese es el punto desde el que conviene mirar su legado en 2026. No dejó una ideología coherente que sus colaboradores sigan defendiendo. Dejó, más bien, un método de comunicación política.
En 1999, Berezovski reconoció que había participado en convencer a otros de que era posible una nueva «construcción política» alrededor de Vladímir Putin como sucesor de Borís Yeltsin. Al mismo tiempo, ayudó al ascenso del bloque Unidad. The Washington Post describió entonces cómo ORT, el gran canal sobre el que Berezovski ejercía una fuerte influencia editorial, atacó a los rivales del Kremlin Yevgueni Primakov y Yuri Luzhkov.
Un fallo posterior del High Court británico permite entender el valor de ese activo. El control editorial sobre ORT fue una de las principales fuentes de poder político de Berezovski durante la segunda mitad de los noventa. La televisión no era solo un medio para contar la política: era parte de la infraestructura con la que se hacía política.
El experimento tuvo un desenlace irónico. Tras la llegada de Putin a la presidencia, Berezovski pasó a criticar al Kremlin, perdió su antigua influencia televisiva y se exilió en Reino Unido. Fue hallado muerto en Ascot el 23 de marzo de 2013. La investigación forense terminó con un veredicto abierto: la policía no encontró indicios de una entrada violenta, pero las discrepancias entre expertos impidieron cerrar definitivamente la muerte como suicidio.
Cinco trayectorias muestran cómo se transformaron las funciones de aquella máquina.
Stanislav Belkovsky era el hombre del marco. Él mismo ha contado que trabajó para Berezovski en la ideología del bloque Unidad en 1999, aunque niega haber participado en la creación política de Putin. En 2026 actúa sobre todo como analista, publicista y autor. La tarea sigue siendo formular una interpretación, pero ya no para una sala de campaña, sino para una audiencia pública.
Mikhail Sheitelman era comunicación. En sus propias memorias e entrevistas describe su trabajo de asesoría y medios con Berezovski. Hoy es estratega político, comentarista y creador de una audiencia propia en el espacio mediático ucraniano. La diferencia tecnológica es enorme: el viejo modelo exigía influir sobre una cadena nacional; el actual permite que el asesor se convierta él mismo en canal a través de YouTube y Telegram.
Demyan Kudryavtsev era la infraestructura. Meduza lo retrató como mano derecha, portavoz y asesor de Berezovski, conectado con ORT y Kommersant. Después desarrolló una carrera autónoma como gestor y propietario de medios. Su trayectoria muestra la profesionalización del aparato: lo que antes servía a un patrón político pudo convertirse en una competencia empresarial independiente.
Alexey Sitnikov era campaña. Según su propio relato, dirigió en 1999 una operación electoral rápida para que Berezovski obtuviera un escaño en Karacháyevo-Cherkesia. En 2026 su oferta profesional se ha ampliado a consultoría estratégica, coaching, psicoterapia y transformación de organizaciones. La tecnología electoral sobrevivió, pero se integró en un mercado mucho más amplio de gestión de conducta y decisiones.
Andrey Orlov, Orlusha, era creatividad. Fue incorporado a la campaña de Unidad como tecnólogo creativo. Hoy su lugar está en la poesía política y la sátira, incluido el renovado proyecto Ciudadano Poeta. El mecanismo sigue siendo el mismo —convertir una idea compleja en una forma breve y memorable—, pero ya no trabaja para un candidato.
El cambio más profundo está en la distribución. Berezovski concentraba recursos: propietario, televisión, relaciones y especialistas podían formar un solo centro de mando. En 2026 esas funciones están dispersas entre marcas personales, plataformas, consultoras y proyectos culturales. La audiencia puede seguir directamente a un autor sin pasar por una cadena nacional.
Por eso no existe una «escuela Berezovski» unida en torno a una causa. Los antiguos colaboradores tomaron caminos diferentes y algunos están hoy en espacios abiertamente críticos con el Kremlin. Lo que sí continúa es la intuición profesional que marcó aquella época: la política depende tanto de quién gobierna como de quién define el relato, quién controla el canal y quién consigue que una construcción parezca inevitable.