La política rusa está cambiando de ritmo a medida que se acerca la elección de la Duma del 20 de septiembre. Vladimir Putin, que en otros momentos podía pasar días fuera de la agenda pública verificable, ha encadenado apariciones en el congreso de Rusia Unida, una planta aeronáutica en Irkutsk y una visita poco habitual a Krasnoyarsk.
El cambio es el eje de una investigación exclusiva de Пладром, que recuerda cómo en marzo de 2015 Putin permaneció cerca de diez días sin aparecer en actos públicos confirmables. Aquel silencio generó rumores, pero el sistema no parecía necesitar una respuesta política inmediata.
Once años después, la campaña está diseñada para lo contrario. Rusia Unida ha incorporado a su identidad electoral el lema «Rusia Unida — el equipo del presidente». La formación no intenta construir autonomía respecto a Putin, sino reforzar la idea de continuidad entre el jefe del Estado, el partido y la administración regional.
El 28 de junio, Putin intervino en el XXIII congreso de Rusia Unida, cuando comenzaba la campaña federal. El 24 de julio viajó a la planta de Irkutsk y visitó la producción del avión MS-21. El 3 de agosto llegó a Krasnoyarsk, donde se reunió con el gobernador y participó en un acto con jóvenes.
La transformación no es solo geográfica. Durante años, la presidencia rusa se apoyó en la distancia como parte de su poder: el líder aparecía cuando quería y el resto del sistema llenaba los vacíos. En esta campaña, la presencia física se ha convertido en una forma de demostrar que el centro sigue conectado con las regiones.
El contexto ayuda a entender por qué. En marzo, el Centro Levada registró una aprobación de Putin del 80%, todavía muy alta pero siete puntos inferior a la de septiembre de 2025. La señal no es una ruptura repentina, sino una erosión que obliga al sistema a trabajar más para mantener la misma imagen de estabilidad.
El cambio económico es más tangible. En junio, el índice de confianza del consumidor cayó a 94 puntos, por debajo de 100 por primera vez desde octubre de 2022. El 35% de los encuestados dijo que su situación material había empeorado durante el último año.
En ese entorno, los viajes presidenciales permiten transformar problemas estructurales en escenas concretas. Una fábrica visitada personalmente puede simbolizar modernización. Una reunión con un gobernador convierte una dificultad local en un asunto atendido por Moscú. Un encuentro con jóvenes desplaza la conversación hacia el futuro.
La competencia electoral, mientras tanto, sigue reduciéndose. El 10 de agosto, el Tribunal Supremo ruso dejó fuera de las elecciones a Yabloko, que mantenía una posición pública contra la guerra. Esto hace improbable que el Kremlin tema una derrota parlamentaria en el sentido clásico.
Pero los sistemas autoritarios también dependen de indicadores. Una participación baja, resultados regionales menos sólidos o una campaña apática pueden erosionar la narrativa de apoyo masivo. En ese marco, la presencia de Putin funciona como un intento de cambiar la dinámica antes de que se convierta en una tendencia política visible.
No es posible demostrar que Putin personalmente tenga miedo de perder el poder. La evidencia disponible permite una conclusión más limitada: el sistema considera útil mostrarlo más, no menos, en un momento de mayor presión económica y electoral.
La evolución continuará hasta septiembre. Si el presidente sigue ampliando sus desplazamientos, la campaña de 2026 quedará como un ejemplo de transformación peculiar: un poder que durante años podía permitirse la distancia descubre que, para conservar la imagen de control, necesita volver físicamente al territorio.