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La presidencia de Baka muestra cuánto ha cambiado Hungría en cuatro meses

Tisza pasó de ganar una mayoría constitucional en abril a elegir como presidente al juez apartado durante la era Orbán. El siguiente cambio será comprobar si la nueva mayoría acepta límites propios.

Este artículo se ha producido con ayuda de IA bajo la responsabilidad editorial de Haydamax OU.

En pocos meses, Hungría ha pasado de una elección que terminó con 16 años de Viktor Orbán como primer ministro a colocar en la presidencia del país a uno de los juristas más asociados con las críticas a su modelo institucional. El Parlamento eligió el 11 de agosto a András Baka con 140 de los 146 votos emitidos. El nuevo presidente, de 73 años, tomará posesión previsiblemente el 19 de agosto.

La transformación política comenzó el 12 de abril, cuando Tisza obtuvo una mayoría de dos tercios. Péter Magyar llegó al Gobierno con capacidad no solo para aprobar leyes ordinarias, sino también para alterar reglas constitucionales sin depender de Fidesz. Desde entonces, la velocidad del cambio se ha convertido en una de las características centrales de la nueva etapa.

Baka representa una segunda transformación, más profunda: cambia quién simboliza la legitimidad del Estado. En 2009 había sido elegido presidente del Tribunal Supremo después de muchos años como juez del Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Durante el gobierno de Orbán criticó públicamente algunas reformas judiciales y defendió la independencia de los tribunales.

Su mandato terminó antes de lo previsto cuando el Tribunal Supremo fue reorganizado como Kúria y cambiaron las condiciones institucionales. El conflicto llegó al Tribunal Europeo de Derechos Humanos. En 2016, la Gran Sala determinó que Hungría había vulnerado el Convenio en el caso Baka contra Hungría.

Durante años, esa sentencia fue una referencia en la discusión europea sobre el Estado de derecho húngaro. La tercera transformación afecta a la propia presidencia. Tamás Sulyok dejó el cargo después de un procedimiento constitucional promovido por Tisza en julio. El espacio quedó libre para Baka.

Su elección ofrece a la nueva mayoría una conexión directa entre su promesa de cambio y una injusticia institucional reconocida internacionalmente. Sin embargo, la política de transformación siempre contiene un riesgo: cambiar demasiado rápido puede reproducir los mecanismos que se pretendían superar.

Fidesz boicoteó la votación y sostiene que Tisza está utilizando su mayoría constitucional con criterios partidistas. La acusación llega de un partido que gobernó durante años con enorme control institucional, pero la pregunta sobre los límites de una supermayoría sigue siendo válida.

Baka ocupará una presidencia principalmente ceremonial, aunque con funciones en el proceso legislativo. Eso le da un lugar específico en el próximo ciclo de reformas. Si Tisza modifica de nuevo la justicia, los reguladores u otras instituciones, el presidente tendrá la oportunidad de demostrar que el nuevo modelo no exige obediencia política.

Sus primeras palabras fueron coherentes con esa idea. Defendió una presidencia neutral, rechazó la venganza y habló de cerrar fracturas sociales. También subrayó la identidad europea de Hungría. El 19 de agosto marcará el siguiente cambio: Baka dejará de ser el símbolo de una transición para convertirse en uno de sus árbitros. A partir de entonces, la evolución del país dependerá menos de quién fue apartado o quién volvió y más de si las nuevas reglas pueden sobrevivir cuando incomoden a quienes hoy tienen el poder.

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