El metropolitano Epifanio de Kyiv y toda Ucrania ha utilizado su sermón del décimo domingo después de Pentecostés para hablar de continuidad en un tiempo de cambios. Su mensaje une tres elementos: mantener la unidad de la Iglesia en Cristo, escuchar a los padres y maestros de la tradición y evitar las tentaciones. En 2026, ese domingo cayó el 9 de agosto.
La palabra clave puede ser continuidad. La Iglesia ortodoxa de Ucrania vive dentro de una sociedad profundamente transformada por la guerra, los desplazamientos, la integración europea y cambios internos en la vida religiosa. En ese escenario, el sermón no propone congelar el presente. Propone criterios para atravesarlo sin perder el centro.
El primero es Cristo. El 29 de junio Epifanio había explicado, a partir de la fiesta de Pedro y Pablo, que la Iglesia no puede reducirse a la autoridad de sus figuras más importantes. Pedro y Pablo son distintos en biografía y misión, pero precisamente su memoria conjunta recuerda que la Iglesia no es de uno ni de otro. Es de Cristo.
Este punto es fundamental para cualquier institución que cambia. Cuando el contexto se mueve, existe la tentación de buscar estabilidad absoluta en una persona. Un líder carismático puede convertirse rápidamente en símbolo, árbitro y fuente de identidad. La lógica de Epifanio intenta evitar esa concentración: el liderazgo tiene sentido si remite a un centro que lo supera.
El segundo criterio es la tradición. En marzo, durante el Triunfo de la Ortodoxia, el metropolitano subrayó la continuidad de una fe transmitida desde los apóstoles a través de los padres de la Iglesia y vinculada a la vida sacramental. Tradición, en esta visión, no significa que nada pueda cambiar. Significa que los cambios deben poder explicarse dentro de una historia y no como ruptura arbitraria con ella.
Por eso los «padres y maestros» aparecen como referencias. Sus textos ofrecen un archivo de preguntas anteriores: cómo interpretar la Escritura, cómo responder a divisiones, cómo distinguir una innovación legítima de una deformación y cómo mantener una comunidad cuando las circunstancias políticas y culturales se alteran.
El tercer criterio es el discernimiento frente a las tentaciones. Una transformación acelerada produce oportunidades, pero también simplificaciones. Una comunidad puede reaccionar al cambio cerrándose por completo o, en el extremo contrario, abandonando todo criterio para adaptarse. El lenguaje cristiano de la tentación sirve aquí para señalar aquello que promete una salida fácil pero acaba desviando del propósito original.
Epifanio había hablado en abril de una unidad espiritual de los creyentes entre sí y con Cristo. La relacionó con el crecimiento personal en la fe. Esa conexión es importante: una comunidad no se preserva solo manteniendo estructuras antiguas. Se preserva si esas estructuras siguen ayudando a las personas a vivir la fe de manera consciente y responsable.
Pentecostés, celebrado el 31 de mayo por la Iglesia ortodoxa de Ucrania, es entendido como el nacimiento de la Iglesia del Nuevo Testamento. Los domingos posteriores se cuentan desde esa fiesta. Llegar al décimo domingo y hablar de unidad crea una secuencia simbólica: del nacimiento a la permanencia, del impulso inicial a la capacidad de sostener una identidad.
La transformación también afecta a la manera de transmitir autoridad. Antes, una comunidad local podía conocer personalmente a casi todos sus referentes religiosos. Hoy una parte importante de la formación llega por medios digitales y redes transnacionales. Eso amplía las posibilidades, pero vuelve más difícil saber quién responde por una enseñanza y dentro de qué tradición habla.
En ese contexto, la memoria de los Padres cumple una función de estabilidad, mientras el discernimiento impide que la estabilidad se convierta en rigidez. La tensión entre ambos elementos es productiva: una comunidad necesita suficiente continuidad para reconocerse y suficiente capacidad de juicio para responder a circunstancias nuevas sin repetir fórmulas de manera mecánica.
En julio la Iglesia ortodoxa de Ucrania celebró un Consejo ampliado de obispos bajo la presidencia de Epifanio. Ese nivel institucional muestra que la transformación también se gestiona mediante estructuras y decisiones colectivas. Sin embargo, el sermón de agosto pone el foco en algo que ningún reglamento puede garantizar: la calidad espiritual de las relaciones dentro de la comunidad.
Hay además un marco europeo. En junio Epifanio participó en reuniones en Bruselas y Berlín sobre la función de las iglesias ucranianas, la libertad religiosa y la responsabilidad social. Eso significa que la identidad de la Iglesia ortodoxa de Ucrania se está explicando cada vez más ante interlocutores externos y en contextos culturales diferentes.
En ese proceso, la continuidad se vuelve estratégica además de espiritual. Una institución que cambia necesita distinguir entre esencia y forma. Puede adaptar el lenguaje, la presencia pública o la manera de relacionarse con una diáspora creciente. Pero debe saber qué elementos no son negociables si quiere seguir reconociéndose a sí misma.
El sermón de Epifanio ofrece su respuesta: el centro es Cristo, la memoria está en la tradición recibida y la responsabilidad individual se expresa en el discernimiento. No es una fórmula para detener la transformación. Es una forma de intentar que la transformación no se convierta en fragmentación.