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La ausencia de Paul Biya acelera el debate sobre el cambio político en Camerún

El presidente de 93 años lleva más de dos meses en Ginebra. Su viaje muestra cómo un sistema construido durante 43 años alrededor de una sola figura afronta ahora la cuestión de la sucesión.

Este artículo se ha producido con ayuda de IA bajo la responsabilidad editorial de Haydamax OU.

Camerún lleva más de dos meses comprobando qué ocurre cuando su presidente está físicamente lejos del país pero políticamente sigue en el centro de todo. Paul Biya salió de Yaundé el 7 de junio junto a su esposa Chantal para una «breve estancia privada en Europa», según anunció la presidencia. El Gobierno confirma que se encuentra en Ginebra. No ha comunicado una fecha de regreso ni se ha confirmado una nueva aparición pública desde su salida.

La situación no significa que el Estado se haya detenido. El ministro de Comunicación, René Emmanuel Sadi, afirma que Biya está bien de salud y continúa trabajando desde Suiza. Otros responsables sostienen que los expedientes siguen llegando al presidente. A comienzos de agosto, Biya sustituyó a los comandantes de cuatro de las cinco regiones militares conjuntas y promovió a varios oficiales superiores, una señal concreta de que sigue ejerciendo atribuciones.

Lo que está cambiando es la manera de mirar esa continuidad. Durante décadas, la estabilidad política camerunesa ha significado esencialmente continuidad personal. Biya llegó al poder en 1982 y hoy, con 93 años, es el presidente en ejercicio más viejo del mundo. En 2008 se eliminó el límite de mandatos y a finales de 2025 comenzó su octavo periodo presidencial después de unas elecciones cuestionadas por la oposición.

La larga estancia en Ginebra ha vuelto visible una transición que hasta ahora era sobre todo hipotética. En abril de 2026 se recuperó constitucionalmente el cargo de vicepresidente, con una función decisiva en caso de impedimento del jefe del Estado. Sin embargo, el puesto sigue sin titular. El país ha modificado la arquitectura de la sucesión, pero todavía no ha completado su implementación política.

Al mismo tiempo, la Constitución no establece un máximo concreto para la permanencia del presidente en el extranjero. Esto permite que Biya siga ejerciendo sin que la duración del viaje active automáticamente un mecanismo de sustitución. Para la oposición, esa flexibilidad se ha convertido en problema. Sus dirigentes hablan de «piloto automático», «vacío institucional» y gobierno por «control remoto». Son caracterizaciones políticas, no constataciones legales de incapacidad.

Las especulaciones médicas muestran otro cambio: el control tradicional de la información ya no basta para frenar las dudas. Algunos medios han afirmado que Biya habría sido hospitalizado o tratado en Suiza. El Gobierno negó formalmente esas versiones, y el director de su gabinete civil declaró que el presidente no había sido ingresado ni operado. No hay confirmación independiente de los detalles médicos publicados.

La transformación más profunda, sin embargo, es generacional. Más del 70% de los casi 30 millones de cameruneses tiene menos de 35 años. La mayoría nació durante la era Biya. Para ellos, el debate sobre sucesión no es una discusión histórica: afecta a las posibilidades de cambio político, empleo, servicios, seguridad y representación durante las próximas décadas.

El país también cambia bajo presión de conflictos que llevan años sin resolverse. Boko Haram sigue siendo una amenaza en el norte, mientras el conflicto separatista en las regiones anglófonas del oeste continúa. La economía, la mayor de África central, sufre estancamiento y problemas de infraestructura. Estas tensiones hacen que la calidad de las instituciones sea más importante que la capacidad de una sola figura para mantener el control.

La reorganización militar firmada por Biya desde el extranjero ilustra el momento de transición. Por una parte, demuestra que el poder presidencial sigue operativo. Por otra, recuerda que decisiones estratégicas fundamentales todavía pasan por un dirigente de 93 años que gobierna desde hace 43 años. El sistema no ha dejado de funcionar, pero aún no ha demostrado cómo funcionaría sin él.

Por eso la ausencia actual puede ser vista como un ensayo involuntario del futuro. Cada semana en Ginebra obliga a ministros, oposición, empresas y ciudadanos a preguntarse qué parte del Estado depende de la presencia del presidente y qué parte puede sostenerse mediante reglas. La respuesta será central cuando llegue una transición real, sea cual sea su fecha.

El cambio político no se mide únicamente por una alternancia electoral. También se mide por la creación de instituciones capaces de sobrevivir a quienes las encabezan. Camerún ha dado un paso formal al restablecer la vicepresidencia, pero la plaza vacante demuestra que la transformación está incompleta. Mientras Biya siga fuera del país sin calendario de retorno, su ausencia continuará acelerando un debate que durante décadas pudo aplazarse: cómo pasar de la estabilidad de una persona a la estabilidad de las instituciones.

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