El cambio más importante en la discusión sobre el dólar no aparece todavía en las estadísticas de reservas. Aparece en la política estadounidense. Jamie Dimon, consejero delegado de JPMorgan Chase, ha advertido que Estados Unidos podría dejar de emitir la principal moneda de reserva si en el futuro pierde su liderazgo económico y militar. Su planteamiento obliga a mirar el segundo mandato de Donald Trump como una transformación de las condiciones que sostienen el sistema, no solo como una sucesión de medidas económicas aisladas.
El punto de partida es estable. El Fondo Monetario Internacional situó la cuota del dólar en las reservas mundiales de divisas en el 57,13% durante el primer trimestre de 2026. La cifra subió respecto al trimestre anterior. El euro sigue muy por detrás, en torno al 20%. No hay evidencia de que Estados Unidos haya perdido ya el estatus de reserva ni de que una moneda rival esté a punto de sustituir al dólar.
Sin embargo, Trump prometió expresamente conservar esa posición y la Casa Blanca ha presentado sus políticas como una forma de reforzarla. Eso convierte cada gran reforma en parte de la misma prueba. La primera transformación es fiscal. La ley de reconciliación que Trump firmó en julio de 2025 amplió ventajas fiscales, modificó programas de gasto y aumentó recursos para defensa y seguridad. Según el CBO, el efecto neto es un incremento de unos 4,7 billones de dólares en los déficits proyectados entre 2026 y 2035 al incluir intereses y efectos macroeconómicos.
Al mismo tiempo, la ley impulsa el crecimiento a corto plazo. El CBO prevé que en 2026 sus incentivos a la inversión y al trabajo superen el freno generado por aranceles e inmigración más baja. Pero después la deuda pesa cada vez más. La deuda federal en manos del público pasaría del 99% del PIB al cierre de 2025 al 120% en 2036. Esa evolución cambia el equilibrio entre el enorme mercado de bonos del Tesoro —una de las grandes ventajas del dólar— y la cantidad de confianza que Estados Unidos necesita atraer cada año.
La segunda transformación es comercial. Trump ha pasado de la apertura condicionada a una política en la que los aranceles son una herramienta normal de negociación, seguridad y recaudación. Un recargo temporal del 10% sobre importaciones estuvo vigente durante 150 días en 2026, junto con otras medidas. El CBO calcula que los aranceles reducen los déficits fiscales en una cantidad considerable, aunque sacrifican parte del crecimiento.
Dimon comparte una parte del diagnóstico: Estados Unidos no debería depender de China para materiales y componentes estratégicos. También admite que los aranceles pueden corregir prácticas comerciales y llevar a otros países a negociar. Pero su objetivo es diferente de una fragmentación permanente. En 2025 escribió que la política económica exterior estadounidense debería reforzar tanto a Estados Unidos como a sus aliados. Si las alianzas se rompen y los socios buscan sistemas alternativos, el efecto de red que sostiene al dólar puede debilitarse gradualmente.
La tercera transformación afecta a las instituciones. Dimon defendió la independencia de la Reserva Federal en enero, cuando la administración Trump estaba enfrentada con la dirección del banco central. En junio, el Tribunal Supremo frenó por el momento el intento presidencial de destituir a la gobernadora Lisa Cook. Para una moneda de reserva, la cuestión institucional es económica: los compradores de deuda a largo plazo necesitan creer que la inflación, los tipos de interés y las reglas jurídicas no se subordinan al ciclo electoral.
Trump también está intentando construir nuevas fuentes de fortaleza. Aumenta la inversión en defensa, impulsa sectores industriales estratégicos y ha apoyado una regulación de stablecoins que exige respaldo con dólares o activos líquidos del Tesoro. La Casa Blanca considera que esta nueva infraestructura digital ampliará la demanda mundial de la moneda.
La era Trump, por tanto, no se puede resumir como una simple marcha hacia la desdolarización. Es una reconfiguración con fuerzas en direcciones opuestas: más capacidad industrial y más deuda, más recaudación arancelaria y menos apertura, más poder ejecutivo y más dudas sobre los contrapesos. El aviso de Dimon señala qué está cambiando. La verdadera medida será si, después de esa transformación, el mundo sigue prefiriendo guardar su seguridad financiera dentro del sistema estadounidense.