La última ola de calor que ha azotado el centro de Europa ha puesto de manifiesto la escasa preparación del continente para hacer frente a temperaturas extremas. Caminar por Bruselas con más de 35 grados y encontrar una sombra amplia resulta difícil, a pesar de que la ciudad cuenta con numerosos parques. La realidad es que esas zonas verdes no siempre están ubicadas de forma estratégica, y el cemento, material predominante en las edificaciones, concentra el calor y agrava la sensación térmica. La Comisión Europea ha reconocido que falta planificación urbanística y una mejor refrigeración en muchas zonas, según fuentes comunitarias consultadas.
El problema no se limita a Bélgica. En países como Alemania, Reino Unido o Francia, los termómetros superaron los treinta grados durante la madrugada, lo que disparó la compra de ventiladores y evidenció que el aire acondicionado no está generalizado en los hogares europeos. Las autoridades comunitarias admiten que el aire acondicionado es una herramienta necesaria en algunos casos, pero advierten del riesgo de crear «islas» de frío que generen choques térmicos al pasar de interiores a 18 o 20 grados a exteriores por encima de 35. Además, se han registrado situaciones casi sin precedentes, como raíles derretidos en Alemania y Austria, el uso de papel térmico en ventanas en Francia para mantener las casas frescas, o la suspensión de clases en algunas zonas del centro de Europa.
Los datos manejados por la Comisión Europea confirman que el clima extremo ya forma parte del día a día de los europeos. Entre 1980 y 2024, los daños causados por fenómenos meteorológicos extremos alcanzaron los 822.000 millones de euros, una cuarta parte de ellos concentrados únicamente en los últimos cuatro años. En Bruselas asumen que se llega tarde, sobre todo en las zonas menos acostumbradas a las olas de calor, que, advierten, serán cada vez más frecuentes. La perspectiva, según las fuentes comunitarias, ha de ser urbanística, ya que gran parte del parque inmobiliario del continente presenta un elevado grado de antigüedad, baja eficiencia energética y una escasa capacidad para hacer frente a episodios de calor extremo.
Los edificios concentran cerca del 40% del consumo energético de la Unión Europea y generan alrededor del 36% de las emisiones. Aunque la calefacción sigue siendo el principal foco de demanda energética, las necesidades de refrigeración aumentan de forma constante. Ante esta situación, Bruselas defiende la rehabilitación del parque edificatorio como una herramienta clave para mejorar la eficiencia energética de los inmuebles y reforzar su capacidad de adaptación a las altas temperaturas, al tiempo que contribuye a crear espacios más saludables. La Comisión recuerda que aproximadamente tres de cada cuatro edificios que existen en la actualidad seguirán en uso en 2050, lo que convierte la modernización de estas construcciones en uno de los grandes desafíos de las próximas décadas.
El impacto del calor extremo no afecta a todos por igual. Las instituciones europeas insisten en la necesidad de poner el foco en los grupos vulnerables, especialmente las personas con discapacidad. El cambio climático está agravando los riesgos para este colectivo al aumentar la frecuencia e intensidad de fenómenos extremos como incendios e inundaciones. Sin embargo, las fuentes consultadas subrayan que el impacto desproporcionado no responde a la discapacidad en sí, sino a las barreras estructurales de unos sistemas de gestión de emergencias que siguen sin ser inclusivos. Entre 2015 y 2022, al menos 48 personas con discapacidad murieron en instituciones de seis países europeos a causa de incendios e inundaciones, una cifra vinculada a la falta de planes de evacuación adaptados, la excesiva dependencia del personal y la ausencia de protocolos específicos. A ello se suman sistemas de alerta temprana que continúan basándose principalmente en señales sonoras o mensajes de texto convencionales, dejando fuera a personas sordas, con discapacidad intelectual o con necesidades de comunicación específicas.
No obstante, el Ejecutivo comunitario precisa que las competencias sobre cuestiones como la implantación de sistemas de climatización, la planificación urbanística o el diseño de las ciudades recaen principalmente en los Estados miembros, las administraciones regionales y los ayuntamientos. En este reparto de responsabilidades, la Unión Europea limita su actuación al establecimiento de normas para edificios y productos, así como al impulso de instrumentos de financiación destinados a fomentar la rehabilitación energética. La ola de calor ha servido, en definitiva, como un recordatorio de que Europa debe adaptar sus ciudades y edificios a un clima que ya no es el de décadas pasadas, y hacerlo sin disparar la factura energética de los ciudadanos.